El
Tango es la realisaciòn argentina màs divulgada, la que con insolencia
ha prodigado el nombre argentino sobre el haz de la tierra. Es evidente
que debemos averiguar sus orìgenes y prescribirle una genealogìa donde
no falten ni la endiosadora leyenda ni la verdad segura. La cuestiòn
fue muy conversada en el año trece; el libro de don Vicente Rossi,
intitulado Cosas de negros (Còrdoba 1926), vuelve a estimularla.
Ya he escrito sobre el libro de Rossi, sobre la amenidad continua de su
lectura y la eventual equivocaciòn de sus datos y hoy quiero declarar
su opiniòn y alguna otra màs. La
milonga es privativamente montevideana Acepto
que la premisa menor es inconmovible; en cambio, descreo de la mayor y
no sé de ningùn argumento vàlido que la fortalezca. Rossi se limita a
escribir En la banda occidental no se usò la Milonga como canto ni
la Danza como Milonga, y nos remite al rato a una apuntaciòn donde
vemos que la milonga no ocurre en un dialogo lunfardo, publicado
por La Naciòn en 1887. Su argumento, come se ve, es negativo y
carece de eficacia para convencer. Inversamente, quien no recuerda
cierta inefable milonga tejedorista (inefable por lo procaz) cuya
elocuencia desaforada en la injuria nos autoriza a suponerla contemporànea
del hecho que nombra: esto es, a retrocederla al 80? Empieza
asì: Don
Carlos de Tejedor Y
todavìa es alarde cantar la flor en el truco. También don
Rodolfo Senet (Buenos Aires alrededor del año 1880. La Prensa,
octubre 17 de 1926) habla de las milongas que saludaron a los primeros
tranvìas y a las primeras calles empedradas del arrabal. Una
de estas ùltimas aconseja: Cuidadito
con las piedras Oh,
compadritos de la calle Ombù y de la calle Europa, qué capitis
diminutio, què vacilaciòn para vuestra vertiginosa dignidad de
taquitos altos habràn sido las puntiagudas piedras del empedrado, tan
andinas, tan inciviles, tan forasteras a la tierrita criolla del callejòn! Naciò
en los Corrales viejos, La
procedencia versificada por Camino es original a màs no poder. A la
motivaciòn eròtica, o meretricia, que todos hemos reconocido en el
tango, añade una motivaciòn belicosa, de pelea feliz, de visteo.
Ignoro si esa motivaciòn es verìdica: sé no màs que se lleva
maravillosamente bien con los tangos viejos, hechos de puro descaro,
de pura sinvergüencerìa, de pura felicidad del valor, como los
describì en otras paginas, hace un año. También Rossi, que por
razones de fecha desconoce la explicaciòn de Camino, la ayuda un poco
en este pàrrafo sobre la milonga: entonces tuvo tìtulos, y ellos nos
dan otra prueba de que no fue sensual: Mate amargo, Cara pelada, La
quebrada, La canaria, Kyrie eleison, Pejerrey con papas, Señor
comisario, etc.; ni siquiera amorosos, porque en el Bajo brutal no se
alojò el idilio. El orillero aprovechaba la situaciones de sensualizar
con la suficiencia y despreocupaciòn del que no necesita de ellas, por
verdadero sport (Cosas de negros – La academia). Justo sin
embargo es reconocer que los literatos, al ocuparse del tango, han
insistido siempre sobre su lujuria tristona, sobre su atravesada y casi
enconada sensualidad. Bàstame citar dos fuertes ejemplos: el de Marcelo
del Mazo, en la segunda serie de Los vencidos, 1910 (Aura mi hija,
aullò el compadre y la fosca compañera – ofreciò la desvergüenza
de su càlido impudor – azotando con su carne, como lengua de una
hoguera, - las vibratiles entrañas de aquel chusma del amor) y el de
Ricardo Güiraldes cuyo Tango (El cencerro de cristal,
1915) nos impone estos decididos renglones: Mancha roja, que se coagula
en negro. Tango fatal, soberbio y bruto. Notas arrastradas,
perezosamente, en un teclado gangoso… En
la calle, la buena gente derrocha Las
dos versiones del tango, la solamente lujuriosa y la de travesura, podrìan
corresponder a dos épocas : la primera a este lamentable episodio
actual de elegìas amalevadas, de estudioso acento lunfardo, de
bandoneones; la otra, a los buenos tiempos (malìsimos) del corte, de
las puñaladas electorales, de las esquinas belicosamente embanderadas
de barras. Yo
soy del barrio del Alto, e Hàgase
a un lao, se lo ruego, A
mi ver (conste que mi opiniòn no es obligatoria y que no quiero inferìrsela
a nadie) el tango puede haberse originado en cualquier lugar de la
ciudad, lo mismo en las Fiestas de la Recoleta (que allà por el ochenta,
segùn el doctor José Antonio Wilde, solìan terminar con sangre en la
punta) que en los batuques de la plaza del Once o de Constituciòn:
en cualquier lugar, menos en los Corrales. Mi argumento es fàcil: el
tango es manifiestamente urbano o suburbano, porteño, y los Corrales
fueron siempre una intromisiòn de la pampa, una presencia verìdica de
gauchismo o una coqueterìa compadrona de hacerse el gaucho, muy
reverenciadora de lo pasado y muy ajena a toda invenciòn. Jorge
Luis Borges, 1928
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