compadrito_del_26.jpg (21438 byte)

ASCENDENCIAS DEL TANGO
by
Jorge Luis Borges

In 1928, the Gleizer Editions of Buenos Aires released the Jorge Luis Borges' El idioma de los Argentinos. During his life, the author never allowed the re-issue of this juvenile book maybe because it reveals an unexpected personality. Pretending the same aplomb of those compadres he used to admire, Borges talks big about any topic happens to come under fire: from the gaucho literature to the Tango.
We must confess that we like this unusual Borges, a tough guy who boasts like a vilain. Besides, in Ascendencias del Tango we foresee the confirmation of what we have been saying for years: nobody, not even in the Twenties, ever knew nothing about the origins of Tango.

El Tango es la realisaciòn argentina màs divulgada, la que con insolencia ha prodigado el nombre argentino sobre el haz de la tierra. Es evidente que debemos averiguar sus orìgenes y prescribirle una genealogìa donde no falten ni la endiosadora leyenda ni la verdad segura. La cuestiòn fue muy conversada en el año trece; el libro de don Vicente Rossi, intitulado Cosas de negros (Còrdoba 1926), vuelve a estimularla. Ya he escrito sobre el libro de Rossi, sobre la amenidad continua de su lectura y la eventual equivocaciòn de sus datos y hoy quiero declarar su opiniòn y alguna otra màs.
La opiniòn de Rossi es circunstanciada: el tango sedicente argentino es hijo de la milonga montevideana y nieto de la habanera. Naciò en la Academia San Felipe, galpòn montevideano de bailes pùblicos, entre compadritos y negros; emigrò al Bajo de Buenos Aires y guarangueò por los Cuartos de Palermo (donde lo recibieron la negrada y las cuarteleras) y metiò ruido en los peringundines del Centro y en Montserrat, hasta que el Teatro Nacional lo exaltò. Es decir, el tango es afro-montevideano, el tango tiene motas en la raìz. Ser de color humilde y ser oriental son condiciones criollas, pero los morenos argentinos (y hasta los no morenos) son tan criollos como los de enfrente y no hay razòn para suponer que todo lo inventaron en la otra banda. Me responderàn que hay la razòn efectiva de que asì fue, pero esa chicana no satisfece a nuestro patrioterismo, màs bien lo embravece y lo desespera. Tal vez convenga recordar aquì el caso anàlogo de la procedencia de Colòn. Los italianos, para considerarlo suyo, sòlo pueden arrimarse al mero dato de registro civil, o conventilleo, de que el Almirante naciò en Genova y era italiano por los cuatro costados; los españoles pueden argumentarla mejor. Podrìan argumentar que siendo el descubrimiento de América y la conquista, empresas manifiestamente españolas, no hay ninguna razòn històrica para introducir genoveses en el asunto. (Ademàs, què genoveses iba haber, si la Boca del Riachuelo estaba por descubrir todavìa?). Làstima que no se hayan atrevido a ser francos y prefieren la falsificaciòn a la mitologìa, el chisme conventillero a la fe. Yo seré màs sincero que ellos y afirmaré con resoluciòn: el Tango es porteño. El pueblo porteño se reconoce en él, plenamente; no asì el montevideano, siempre nostalgioso de gauchos. De cualquier modo, estoy màs convencido de la procedencia uruguaya de Rossi que de la procedencia uruguaya del tango.
Pragmatismos aparte, la argumentaciòn de don Vicente Rossi puede reducirse honradamente a este silogismo:

La milonga es privativamente montevideana
La milonga es el origen del tango
El origen del tango es montevideano

Acepto que la premisa menor es inconmovible; en cambio, descreo de la mayor y no sé de ningùn argumento vàlido que la fortalezca. Rossi se limita a escribir En la banda occidental no se usò la Milonga como canto ni la Danza como Milonga, y nos remite al rato a una apuntaciòn donde vemos que la milonga no ocurre en un dialogo lunfardo, publicado por La Naciòn en 1887. Su argumento, come se ve, es negativo y carece de eficacia para convencer. Inversamente, quien no recuerda cierta inefable milonga tejedorista (inefable por lo procaz) cuya elocuencia desaforada en la injuria nos autoriza a suponerla contemporànea del hecho que nombra: esto es, a retrocederla al 80? Empieza asì:

Don Carlos de Tejedor
on una paciencia loca

Y todavìa es alarde cantar la flor en el truco. También don Rodolfo Senet (Buenos Aires alrededor del año 1880. La Prensa, octubre 17 de 1926) habla de las milongas que saludaron a los primeros tranvìas y a las primeras calles empedradas del arrabal. Una de estas ùltimas aconseja:

Cuidadito con las piedras
que te vas a refalar,
porque el golpe de las piedras
es muy malo de curar

Oh, compadritos de la calle Ombù y de la calle Europa, qué capitis diminutio, què vacilaciòn para vuestra vertiginosa dignidad de taquitos altos habràn sido las puntiagudas piedras del empedrado, tan andinas, tan inciviles, tan forasteras a la tierrita criolla del callejòn!
Hasta aquì han opinado mis conjecturas; que hablen los hechos. El cancionero bonaerense de Ventura R. Lynch – libro de 1883! – estudia la milonga, la declara divulgadìsima en los bailecitos de medio pelo del arrabal y en los casinos de la plaza del Once y de Constituciòn, la juzga inventada por los compadritos para hacerse burla de los candomberos y hasta informa que los organitos las tocan.
Otra genealogìa tanguera es la rastreada por don Miguel A. Camino, poeta, en su hermosa composiciòn recordativa, intitulada El tango. Està casi al final del libro Chaquiras y empieza asì:

Naciò en los Corrales viejos,
allà por el año ochenta.
Hijo fue de una milonga
y un “pesao” del arrabal.
Lo apadrinò la corneta
del mayoral del tranvìa,
y los duelos a cuchillo
le enseñaron a bailar.
Asì en el ocho,
y en la asentada,
la media luna   
y el paso atràs,
puso el reflejo
de la embestida
y las cuerpeadas
del que la juega
con su puñal.

La procedencia versificada por Camino es original a màs no poder. A la motivaciòn eròtica, o meretricia, que todos hemos reconocido en el tango, añade una motivaciòn belicosa, de pelea feliz, de visteo. Ignoro si esa motivaciòn es verìdica: sé no màs que se lleva maravillosamente bien con los tangos viejos, hechos de puro descaro, de pura sinvergüencerìa, de pura felicidad del valor, como los describì en otras paginas, hace un año. También Rossi, que por razones de fecha desconoce la explicaciòn de Camino, la ayuda un poco en este pàrrafo sobre la milonga: entonces tuvo tìtulos, y ellos nos dan otra prueba de que no fue sensual: Mate amargo, Cara pelada, La quebrada, La canaria, Kyrie eleison, Pejerrey con papas, Señor comisario, etc.; ni siquiera amorosos, porque en el Bajo brutal no se alojò el idilio. El orillero aprovechaba la situaciones de sensualizar con la suficiencia y despreocupaciòn del que no necesita de ellas, por verdadero sport (Cosas de negros – La academia). Justo sin embargo es reconocer que los literatos, al ocuparse del tango, han insistido siempre sobre su lujuria tristona, sobre su atravesada y casi enconada sensualidad. Bàstame citar dos fuertes ejemplos: el de Marcelo del Mazo, en la segunda serie de Los vencidos, 1910 (Aura mi hija, aullò el compadre y la fosca compañera – ofreciò la desvergüenza de su càlido impudor – azotando con su carne, como lengua de una hoguera, - las vibratiles entrañas de aquel chusma del amor) y el de Ricardo Güiraldes cuyo Tango (El cencerro de cristal, 1915) nos impone estos decididos renglones: Mancha roja, que se coagula en negro. Tango fatal, soberbio y bruto. Notas arrastradas, perezosamente, en un teclado gangoso…
Inversamente, la ùnica vez que se acordò Evaristo Carriego del tango, fue para verle felicidad, para mostrarlo callejero y fiestero, como era hace veinte años:

En la calle, la buena gente derrocha
sus guarangos decires màs lisonjeros,
porque al compàs de un tango, que es La Morocha,
lucen àgiles cortes de orilleros.

Las dos versiones del tango, la solamente lujuriosa y la de travesura, podrìan corresponder a dos épocas : la primera a este lamentable episodio actual de elegìas amalevadas, de estudioso acento lunfardo, de bandoneones; la otra, a los buenos tiempos (malìsimos) del corte, de las puñaladas electorales, de las esquinas belicosamente embanderadas de barras.
(El tango fue primeramente un plano del baile, una indicaciòn de cortes y de floreos, una actualidad que no se preocupa; el contemporàneo – esto es decir el realmente viejo – cuida recuerdos ya. Una conciencia adulta del tiempo sobre él. Compàrese El torito o El Maldonado con cualquier tango de hoy.)
Camino nos explica el tango y ademàs, nos marca el preciso lugar en que éste naciò: los Corrales viejos. La precisiòn es traicionera. El visteo non fue jamàs privativo de los Corrales, pues el cuchillo no era sòlo herramienta de matarifes: era, en cualquier barrio, el arma del compadrito. Cada barrio padecìa sus cuchilleros, siempre de facciòn de algùn comité, en alguna trastienda. Los hubo de fama duradera, aunque angosta: El Petizo Flores en la Recoleta, El Turco en la Baterìa, El Noy en el Mercado de Abasto. Eran semidioses de chambergo alto: hombres de baquìa puntual en menesteres de cuchillo y que solìan desafiarse envidiosamente. De aquellos tiempos y señaladamente de los bailecitos y de las comparsas, seràn esas milongas insolentadas en que el cantor alude a su patria chica para desafiar a los de otra :

Yo soy del barrio del Alto,
soy del barrio del Retiro,
yo soy aqul que no miro
con quien tengo que pelear
y en trance de milonguear
nadie se me puso a tiro.

e

Hàgase a un lao, se lo ruego,
que soy de la Tierra ‘el Fuego.

A mi ver (conste que mi opiniòn no es obligatoria y que no quiero inferìrsela a nadie) el tango puede haberse originado en cualquier lugar de la ciudad, lo mismo en las Fiestas de la Recoleta (que allà por el ochenta, segùn el doctor José Antonio Wilde, solìan terminar con sangre en la punta) que en los batuques de la plaza del Once o de Constituciòn: en cualquier lugar, menos en los Corrales. Mi argumento es fàcil: el tango es manifiestamente urbano o suburbano, porteño, y los Corrales fueron siempre una intromisiòn de la pampa, una presencia verìdica de gauchismo o una coqueterìa compadrona de hacerse el gaucho, muy reverenciadora de lo pasado y muy ajena a toda invenciòn.
El tango no es campero: es porteño. Su patria son las esquinas rosaditas de los suburbios, no el campo; su ambiente, el Bajo; su simbolo, el sauce lloròn de las orillas, nunca el ombù.

Jorge Luis Borges, 1928
© M. Gleizer Editor, Buenos Aires 1928

 

COVER            VERSIONE ITALIANA

 

© Nueva Compañia Tangueros 2003