|

|
LOS
REVELADORES DE SECRETOS
by Alejandro Dolina
A
higly topical subject for the great Dolina's pen. These days of
street-cameras, intrusive eyes, fingerprints, big brothers, bugs,
wire-tappings,
walls with ears, newspapers with holes and so on, we
foster one only certainty: there will always be someone who
sneaks.
|
La
aboliciòn de secretos es tal vez la actividad màs difundida de este
mundo.
El periodismo, el trabajo cientifico, los horarios del ferrocarril, las
balanzas, la policia, y los letreros de las fondas persiguen, si bien se
mira, un fin comùn : poner en conocimiento de las gentes datos que
permanecian ignorados.
La cuestiòn
no parece muy prometedora que digamos para el pensador aficionado. Pero
en el barrio de Flores ocurrìan cosas raras. Los Hombres Sensibles
presintieron algo siniestro y se esforzaron en sospechar le presencia de
una conspiraciòn organizada para arrojar luz en todas partes,
especialmente allì donde la sombra es preferible. Los muchachos del
Angel Gris hablaban con temor de una entidad de batidores llamada Club
de los Bueyes Corneta o Reveladores de Secretos. Nunca se aportaron
pruebas cabales de su existencia real, pero lo cierto es que hubo un
tiempo en que nada podìa ocultarse en aquella zona.
Todos los dìas, legiones de viejas charlatanas recorrìan las calles
cumpliendo tareas de averiguaciòn y difusiòn.
En las paredes, manos desconocidas pintaban revelaciones escandalosas.
Lo mismo ocurrìa en los vidrios hùmedos de los boliches.
Una tarde, el ingeniero Pignataro descubriò en una prenda
interior de su esposa –la señora Irma C. de Pignataro– la inscripciòn
“Ya no te quiere”. Apremiada por su esposo, la mujer manifestò
desconocer el origen del fenòmeno, pero –entre lagrimas- mostrò un
calzoncillo del ingeniero en el que se leìa la misma frase. No se querìan
y ya no era un secreto.
En el pico de una torcaza muerta, Chimango, el pibe màs cruel de
Flores, leyò con espanto “Fuiste vos”.
En el cielo volaban aviones indiscretos que arrojaban papelitos o escribìan
secretos con humo.
Al atardecer, circulaban unos camioncitos con altoparlantes:
-
Pocha Cisneros afila con un guitarrista de Luganooo…
Alguien
abrìa los buzones y todas las cartas eran violadas. Al principio
con disìmulo, pegando los sobres nuevamente. Màs tarde, perdido todo
recato, rompìan el papel y se afanaban las estampilla extranjeras. El
algunos casos llegaban hasta a hacer anotaciones zafadas en el margen.
En las peluquerìas circulaba una guìa o catàlogo donde se consignaban
miles de secretos clasificados por rubro y por persona. Allì,
los interesados podìan enterarse de innumerables chimentos: habìa
secretos amorosos, secretos familiares, secretos cientificos, secretos
profesionales, secretitos infantiles y enormes secretos de traiciones y
delitos. En la plaza se repartìan fotocopias de todos los diarios ìntimos
de las muchachas enamoradas. Los atorrantes del barrio los leìan a los
gritos y las chicas se encerraban para siempre a morir de vergüenza.
Llegò un momento en que todas las cosas eran pùblicas en Flores.
Manuel Mandeb veìa en esto un ataque a la libertad.
-
Los actos privados de un señor constituyen la primera de sus libertades.
Cuando alguien cae preso, lo primero que se le quita es la
privacidad. Todo debe hacerlo ante la presencia de multitudes. -
Como
quiere que sea, Mandeb y sus amigos no pudieron evitar que se conocieran
algunos de sus secretos.
Jorge Allen –por ejemplo- tenìa un lugar oculto para ir a
llorar. Al poeta le resultaba enojoso llorar en su casa, donde su madre
insistìa en interrumpirlo con consuelos. Tampoco le gustaba hacerlo en
la calle o en las pizzerìas. A
decir verdad, siempre es dificil encontrar un sitio para llorar en paz.
Los domingos por la tarde, Allen se metìa en un baldìo de la calle Moròn
y sollozaba durante un par de horas. Hasta que un dìa alguien instalò
en el frente un cartel rojo y blanco que informaba : « Aquì
llora Jorge ».
A veces la averiguaciòn de un secreto es otro secreto. Jaime
Gorriti solìa espiar por la ventana a Estela, una pechugona del pasaje
de la estaciòn. El hecho se supo y tambièn se dijo que Estela se
dejaba espiar con el mayor beneplàcito.
Las gentes vulgares alcanzaron a enterarse de un lamentable episodio que
viviò el ruso Salzman, cierta noche que se desgraciò frente a dos señoras.
El mùsico Ives Castagnino habìa compuesto un vals que ùnicamente
tocaba cuando estaba solo. Era una melodìa inspirada en los
sentimientos màs ìntimos y delicados. Muy
pronto las barras de muchachones cantaron el vals en los partidos de fùtbol,
con una letra infame.
Manuel Mandeb acostumbraba mandar versos a sus novia.
Casi siempre sucedìa que las novias le aparecìan con mayor frecuencia
que la inspiraciòn, de modo que el hombre utilizaba repetidamente las
mismas poesìas. Alguien mandò publicar cartas amorosas remitidas por
el pensador a doce diferentes señoritas. En diez de ellas figuraba su dècima
Mi primer verso.
Mucha gente recibiò esta gesta indiscreta con el mayor entusiasmo. Los
estòmagos resfrìados se adelantaban a las indicaciones haciendo
confidencias a cualquier desconocido. La señoritas se desabrochaban
ante la menor insinuaciòn. En las fiestas se praticaba el insìpido
juego de la verdad, que consiste en confesar que uno tiene los pies
sucios, creyendo que de ese modo se profundizan las amistades.
Algunos personajes, que resultaban atractivos merced a su fama de
misteriosos, quedaron retratados como simples chitrulos, al comprobarse
que detràs de los candados no habìa nada.
Ciertos
sectores integrados por individuos muy reservados se volvieron aùn màs
cautelosos y suspicaces. No pronunciaban palabra y se negaban a
responder a cualquier pregunta.
Algunos
recurrieron a los Guardadores de Secretos, sujetos discretos e inùtiles
que se hacìa contar confidencias para luego no revelarlas.
No faltaron curiosos que se dedicaron a las ciencias ocultas y a la
alquimìa. En los galponcitos, en las terrazas y hasta en los lavaderos
se instalaban modestos crisoles y atanores para buscar –en ratos
libres- la piedra filosofal. Pero la Gran Obra no es cosa de
aficionados.
Los
Hombres Sensibles trataron de indagar en algunas cuestiones que los
obsesionaban.
Quisieron conocer el Secreto de la Belleza que al parecer poseìa
una gitana de la calle Sanabria.
O el Secreto de los Movimientos Precisos, cuyo dueño era el billarista
de Boedo, Eloy Perdomo Vàzquez.
Viajaron hasta los barrios invernales para buscar el rastro de la
Primera Novia.
Y
fueron todos los dìas a la feria para encarar a las viejas chismosas y
hacerles preguntas filòsoficas.
-
Què dice, doña Rosa ? Le han contado para què sirve el
Universo?
-
Y digo yo… el doctor Carranza tendrà un alma inmortal?
-
Aquì, entre nosotros, doña Irene… hay Dios o no lo hay ?
Nunca tuvieron respuestas. No debe creerse, sin embargo, que la
conspiraciòn se limitaba a los secretos personales. Existìa una fuerte,
aunque ingenua, preocupaciòn cientifica.
Con
la mayor desfachadez, los profesores explicaban a sus alumnos el origen
del trueno y del refucilo.
Procesos complejos, como el funcionamento del telèfono, estaban
al alcance de personas groseras.
Se
publicaban diccionarios en idiomas extranjeros y hasta en lunfardo, para
horror de los pàlidos noctàmbulos que se solazaban usando palabras de
inextricable significado.
Los Hombres Sensibles creyeron adivinar entonces la partecipaciòn de
los Refutadores de Leyendas, cuya vocaciòn de maestros ciruela nunca
fue desmentida. Ademàs, no hay cosa màs seductora para un
racionalista que un mundo sin secretos y sin misterios.
Pero aquì debe pensarse que la revelaciòn de secretos no engendra
nuevos conocimientos sino tan sòlo habilita nuevos conocedores. Es
el traspaso de nociones ya existentes de unas personas que las ocultaban
a otras que las desconocìan. Hablar de los secretos del Universo es una
matàfora exitosa cuya consecuencia es confundir lo que alguien conoce y
oculta, con lo que todos desconocen.
Sin embargo, el cosmos es una cosa extraña y tal vez alguien ya
conoce todo.
Por otra parte, durante milenios se ha supuesto la existencia de Hombres
Sabios que poseen conocimientos terribles y no los comunican a las
personas corrientes.
Los
muchachos de Flores prepararon trampas para desenmascarar a los Bueyes
Corneta. Durante largos meses fingieron poseer un gigantesco
secreto. Hablaban
en voz alta de “aquello que les dije”, se reunìan a la
madrugada y cada vez que se miraban hacìan toda clase de guiños y
visajes.
Una mañana, en todos los sifones de Flores apareciò una etiqueta que
informaba : « Mandeb y sus amigos dicen poseer algo que no
poseen. »
La acciòn imaginada o real de los Bueyes Corneta desembocò
finalmente en una calle cortada.
Cuando empezaron a escasear los secretos, la gente se aburriò.
Las revelaciones eran cada vez màs insignificantes y versaban,
generalmente, sobre asuntos que nadie se esforzaba en ocultar.
En
el verano, se instalaron micròfonos en los baños de damas de los
bailes, pero la maniobra no despertò mayor interès.
Tambièn se acuñaron falsos secretos, pero sòlo se logrò teñir de
falsedad a todos los secretos publicados anteriormente.
Sòlo les quedaba una jugada : confesar su identidad. Era el
ùltimo secreto del barrio.
Nunca se supo si en realidad lo hicieron.
Los
aviones, los camioncitos y los carteles batidores difundieron
revelaciones contradictorias y casi no quedò vecino en Flores que no
fuera acusado de pertenecer al Club de los Bueyes Corneta.
Segùn Mandeb, todas las acusaciones eran ciertas. Para él todos habìan
partecipado en la conspiraciòn, aun sin saberlo : los Refutadores
de Leyendas, las viejas chismosas, los éstomagos resfriados, las señoritas
desabrochadas y hasta los mismos Hombres Sensibles. Este entrevero de
responsables puede ayudar a comprender la incoherencia que se advierte
en todos estos sucesos.
Poco a poco, las personas volvieron avergonzadas a su antigua y
amable discreciòn.
Los
Reveladores de Secretos pasaron de moda.
Los Hombres Sensibles de Flores fueron aprovisionàndose de secretos
flamantes : Castagnino compuso otro vals, Jaime Gorriti siguiò
espiando a Estela, Allen consiguiò otro lugar para llorar y el
ingeniero Pignataro cambiò su ropa interior.
Pero una noche oscura, un pàjaro fatal, que llevaba un pucho en
la cola, escribiò sobre el cielo retinto una revelaciòn de yapa.
Sòlo
pudieron verla los que saben advertir las señales. Por cierto,
soplaba viento y muy pronto no quedò nada.
Segùn Manuel Mandeb, el mensaje decìa:
“El Universo tiene un solo y espantoso secreto, que es la ausencia
de secretos.”
©
Alejandro Dolina
Crònica del Angel Gris –
Buenos Aires 1988
COVER
VERSIONE
ITALIANA
|