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EL
BALLET EN EL BARRIO DE FLORES
by Alejandro Dolina
As
Jorge Luis Borges used to say, the epigons choose their own
precursors. Ladies and Gentlemen, please meet our popular
choreography's grandfather: mister Aldo Manfredi. |
El
bailarìn màs famoso que existiò en el barrio de Flores era un mozo de
cafè. Fue coreògrafo, director y maestro. Pero siempre debiò ganarse
la vida en la Perla de Flores. Antiguos parroquianos aùn lo recuerdan
atravesando el local en puntas de pie, cargando la bandeja como una
ofrenda pagana, cayendo de rodillas para agradecer una propina y
saltando sobre la mesas con los brazos en alto, cuando alguien lo
llamaba. Si habìa poco trabajo, se entretenìa en la barra, con un pie
en el suelo y el otro sobre el mostrador.
Se llamava Aldo Manfredi. En sus modestos comienzos concurrìa a los
asados o a las fiestas de cumpleaños y esperaba pacientemente. Nunca
faltaba el comedido que lo invitara a mostrar su arte.
"Bàilese algo, Manfredi."
Sin hacerse rogar mucho, el hombre se largaba con su nùmero,
ataviado con un calzoncillo largo y calzando unas viejas y embarradas
zapatillas de baile. Muchas veces era provocado por los borrachos o los
pendencieros que se complacen en hostilizar a los bailarines. Sin dejar
de bailar, Manfredi pelaba un revòlver que llevaba siempre en la
chaqueta y con desplazamientos de gran plasticidad daba a entender su
resoluciòn de agujerear a quien tuviera ganas de seguir la broma. Sea
por su talento o por su bufoso, lo cierto es que Manfredi era aclamado
en todas partes. Sin embargo, su verdadera fama la alcanzò siendo ya
hombre maduro, al fondar el legendario Ballet de Flores, un cuerpo del
que surgieron ideas formidables, no siempre cabalmente apreciadas por el
pùblico y la critica oficial. Organizaba
espectàculos con el apoyo de los comerciantes de la zona. En ocasiones,
los bailarines lucìan inscripciones en su vestuario. Las orquestas eran
poco numerosas. A veces se limitaban a tres guitarristas. Manfredi tenìa
por costumbre ubicarse entre bambalinas para observar de cerca todas las
figuras. Desde allì alentava a los bailarines y con frecuencia les hacìa
oportunas indicaciones. Sus gritos se oìan desde la platea.
"Màs adelante, Pedro, màs adelante…!"
"Un poco màs de gracia, Carlos, caramba…!"
Si las cosas no marchaban bien, no vacilava en irrumpir en el escenario
para reprender a los màs torpes. Con las muchachas era amable y
paternal. Pensaba que muchos bailarines aprovechaban los momentos de màs
estrecho contacto para propasarse.
"Saque la mano de ahì"– gritaba indignado.
Tal vez por eso evitaba en sus coreografìas los amontonamientos
promiscuos y los abrazos prolongados. Pero el aporte màs original de
Aldo Manfredi fue – sin duda – su teoria del argumento, expuesta a
travès de un breve opùscolo que obligaba a leer a sus alumnos y que
– tal vez – estaba escrito asì:
"El ballet es un gènero muy extraño. Un grupo de personas refiere
una historia mediante pasos de baile.
"La eficacia narrativa de este procedimiento es por lo menos dudosa.
Asì parecen comprenderlo los comentaristas, quienes suelen explicar
minuciosamente el argumento antes del espectàculo.
"Ocurre que un salto en el aire resulta muchas veces insuficiente
para comunicar sucesos tan complejos como un desengaño amoroso o la
renuncia al trono de Polonia.
"Para expresarlo redondamente: existe la sospecha general de que
sin auxilios exteriores nadie serìa capaz de comprender la naturaleza
de los episodios que se representan."
Y en verdad, Manfredi conocìa estas sencillas verdades por
propia experiencia. Varia veces habìa intentado convertir en ballet los
libros que leìa. Y el pùblico jamàs captaba nada que fuera mucho màs
alla del tìtulo. En colaboraciòn con el mùsico Ives Castagnino, habìa
preparado una versiòn de los Ensayos de Montaigne. Casi
se vuelve loco tratando de lograr que los bailarines dieran a entender
la fugacidad de las doctrinas cientificas, la constancia del afecto de
las bestias o el crecimiento de nuestro deseo antes las dificultades. Y
eso, para no mencionar las abundantes citas de Marcial, Ovidio, Lucrecio,
Plinio, Vegecio, Ciceròn, Horacio o Tito Livio, que ni por casualidad
eran captadas por los observadores. Por otra parte, el tìtulo Ensayos
fue interpretado equivocadamente por muchas personas, con las
consecuencias que el lector culto ya se irà imaginando.
Para rimediar estos inconvenientes, Aldo Manfredi inventò su famoso
Lenguaje del Ballet o Taquigrafìa bailable. Bàsicamente
consistìa en asignar a cada gesto, a cada paso y a cada figura un
significado permanente. Abrir los brazos indicaba amor, caer en el suelo
era la muerte, recorrer el escenario mirando hacia arriba denotaba la
ingenuidad. Con el tiempo la colecciòn de movimientos y conceptos se
fue haciendo màs amplia. Veamos:
Sentarse en el suelo: obcecaciòn, testarudez
Situarse a espaldas de otro bailarìn: traiciòn
Saltar en un pie: renguera
Golpearse el pecho: admisiòn de culpa, remordimiento
Arrastrar la panza por el piso: intrigas de palacio
Girar el dedo indice en la proximidad de la oreja: locura
Tambalearse: ebriedad
Dar vueltas de carnero: adhesiòn al idealismo platònico
Girar un bailarìn alrededor de otro: adhesiòn a la doctrina
heliocentrica
Andar en cuatro patas: instintos bestiales
Formar un gran circulo con los dedos indice y pulgar de ambas manos:
otro ha tenìdo màs suerte
De todos modos estas claves siempre eran insuficientes y asì
Manfredi llegò a concebir un paso diferente por cada palabra,
incluyendo pronombres, preposiciones y conjunciones. El diccionario
resultante abarcaba cuatro mil vocablos con sus corrispondientes
volteretas. Conforme a este metodo, el Ballet de Flores llegò a
estrenar El Hombre mediocre de Josè Ingenieros con mùsica
de tangos del novecientos. La experiencia fue desastrosa. Los bailarines
conocìan el còdego de Manfredi, pero el pùblico no. Ademàs, occurrìa
algo no previsto. Una frase bella en el lenguaje escrito correspondìa a
gestos y evoluciones cuya combinaciòn resultaba torpe y sin donosura.
El coreògrafo quiso ver en esto una consecuencia de la caprichosa
sintaxis de Ingenieros. De cualquier modo, nunca màs volviò a insistir
con la Taquigrafìa Bailable.
Probò màs tarde con la intercalaciòn de Explicadores en la platea.
Cada tres o cuatro asientos, un individuo perfectamente aleccionado
comentaba los sucesos del escenario.
"Miren, miren… ahì està el traidòr."
"Ah, claro… es que està soñando…"
"Èsa es la hechicera… Està preparando un filtro màgico para
seducir a la princesa."
El sistema de los Explicadores se hizo insostenible por los altos costos
y por el fastidio del pùblico que reclamaba silencio, aun al riesgo de
permanecer en la ignorancia.
Manfredi dio un paso màs y asì naciò el Ballet Hablado. Los propios
bailarines proporcionaban la informaciòn indispensable.
"Soy el gigante del bosque…"
"Gran siete… me muero…"
Al que consiga rescatar a mi hija de la torre del castillo, le darè mil
piezas de oro le darè…
Los espectàculos se deslucìan a causa de los resoplidos. No es fàcil
bailar y dar saltos prodigiosos mientre se recitan parlamentos
complicados. Sin embargo, La tragedia de Y de Ellery Queen,
saliò bastante bien.
Manfredi
no sòlo buscò ideas nuevas para dar a entender los argumentos. Tambièn
se preocupò por incorporar al ballet elementos populares y atractivos
para que las machedumbres se acercaran al arte grande. Influìdo
seguramente por ciertos artistas del cafè-concert, resolviò alentar la
partecipaciòn activa del pùblico en sus obras. Al principio lo hizo
timidamente; en ciertos pasajes musicales, el director de la orquesta
gritaba:
"A ver esas palmas…"
Despuès concibiò nùmeros donde los artistas bajaban a la platea y allì
bailaban. Finalmente, instruyò a los integrantes del ballet para que
obligaran a algunas señoras a intervenir en la danza. Asì. muchas
damas respetables eran revoleadas por el aire por lujuriosos faunos,
ante el regocijo de la tertulia y la indignaciòn de los maridos.
Gracias a estas innovaciones, la concurrencia creciò. Pero la presencia
de Manuel Mandeb, el ruso Salzman y otros atorrantes del barrio acabò
por generar incidentes gravìsimos. Contagiados por el clima
partecipativo, los muchachos del Angel Gris subìan al escenario y
molestaban a las bailarinas mientras sostenìan - a los gritos – la
necesidad de bajar al artista de su pedestal.
Adelantàndose a su tiempo, Manfredi montò espectàculos de danza en la
calle, que no siempre encontraron la buena voluntad de los vecinos ni de
los conductores de camionetas. En cambio tuvieron muchìsimo èxito sus
Tangos con su correspondiente Letra para Bailar. Habitualmente un ballet
de tango se limita a estilizar los pasos populares. La creaciòn del
mozo de La Perla fue una cosa enteramente distinta.
Se oìa un tango cualquiera con su correspondiente letra. Los bailarines
realizaban entonces pasos y figuras de un clasicismo irreprochable,
representando el argumento del tango. En Mi noche triste
un hombre abandonado recorre su pieza y verìfica la desolaciòn de sus
pertenencias, contagiadas de tristeza. Acquaforte admite
innumerables personajes: ancianas floristas, milongueras envejecidas,
vendedores de diarios y libertinos miserables. Fueron memorables las
versiones de Portero suba y diga, Por seguidora y
por fiel, Mano cruel y A la luz de un candìl.
Aldo
Manfredi era – tal vez sin saberlo – un artista romàntico. Creìa,
como Keats, que la belleza y la verdad son la misma cosa. Se proponìa
antes que nada provocar en los espectadores aquella suspensiòn de la
incredulidad de la que hablaba Coleridge. Jamàs pudo lograrlo del todo
a pesar de sus esfuerzos conmovedores, o tal vez precisamente a causa de
ellos. Poco a poco se fue desalentando. Y un dìa resolviò que el
ballet no le servìa para alcanzar sus desmesurados propòsitos. El los
ùltimos años de su carrera supo integrar un grupo de danzas folklòricas
que ilustraba a golpes de malambo cualquier episodio de la historia
argentina, accediendo incluso a los pedidos del pùblico presente.
Un dìa saliò de gira y ya nadie volviò a verlo.
En La Perla de Flores hay ahora otros mozos que nada saben de bailes clàsicos.
Pobre
Manfredi… Buscò milagros por los caminos màs racionales. Derrochò
su genio tratando de dar explicaciones. Y no comprendiò jamàs que el
arte es misterioso y conduce a la emociòn antes que al intendimiento.
Bienaventurados los que han aprendido a llorar sin hacer preguntas.
©
Alejandro Dolina
Cronicas del Angel Gris – Buenos Aires 1986
COVER
VERSIONE
ITALIANA
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