TQR 16: december 14, 2009

La verdad sobre el caso Locatelli

by Eduardo Mendoza

A few subscribers wrote to me mistrusting the veracity and even the existence of Tj Locatelli, full-time disc-jockey in the nuthouse and accidental contributor in our magazine. Is it possible - they asked - that someone locked the TQR influential critic between mattresses? Sure. I don't mean to depress his colleagues' ambitions, but at the moment Mr. Locatelli is the only musicalizador to be steadily admitted to the Borda Hospital in Barracas. The following is his autobiography by Eduardo Mendoza, a writer who used to know Locatelli very well. Every word of it is worth its weight in dud.

 


Pues si algùn lector ignora todavìa cuàl fue o ha sido mi trayectoria vital y tal vez sea la verdadera naturaleza de mi ser, aclararé que en mi infancia, adolescencia y juventud fui lo que podrìamos llamar, y de hecho se llama, un facineroso. El destino me hizo nacer y crecer en un medio donde no se concedìa al trabajo honrado, la castidad, la templanza, la integridad moral, las buenas maneras y otras cualidades encomiables el valor que tienen, ni yo supe vérselo por mi propia cuenta, nì aprendì a fingirlas hasta que fue tarde. De buena fe, convencido de que tal era el proceder habitual de las gentes, cometì inumerables fechorìas. Luego, cuando las personas encargadas de velar por la salvaguardia de la virtud, el sosiego de la vida, el amparo de las buenas costumbres y la armonìa entre los hombres (la bofia) fijò en mì su atenciòn y ejercitò sus métodos conmigo, siendo yo la màs debil de ambas partes, hube de prestar algùn servicio a la comunidad (soplòn) que no me granjeò la inclinaciòn de nadie y sì la animadversiòn de muchos. Finalmente, cuando me llegò la hora de comparecer ante la justicia y rendir cuentas de mis acciones, cuanto se hubiera podido alegar a mi favor era tan endeble y su posible incidencia en el fallo tan escasa, que mi abogado se limitò a enviar al tribunal una postal desde Menorca. Con todo, mi propio testimonio, lo bien fundamentado de mis exposiciones, el sincero arrepentimiento de que dì muestras, el trato respetuoso, incluso cordial, para con el magistrado, el fiscal y los testigos, y en términos generales lo razonable de mi comportamiento durante las dos semanas que durò la vista, debieron de hacer mella en el ànimo de la judicatura, porque no fui condenado, como temìa, a pena de prisiòn, sino sòlo a seguir un tratamiento psicològico, conducente a mi pronta reinserciòn en el seno de la sociedad, en un establecimiento correctivo de los llamados por el vulgo manicomio. Allì, sin embargo, las cosas no anduvieron de la mejor manera: leves roces con el personal auxiliar especializado (matones) y algùn malentendido con el doctor Sugrañes, que en su calidad de director del centro debìa determinar, a la luz de sus conocimientos (y el correspondiente soborno), en el momento de mi curaciòn y la restituciòn de mi libertad, hicieron que mi estancia allì se prolongara de semana en semana y luego de mes en mes y finalmente de año en año, hasta que un buen dìa, perdida ya por mì toda esperanza de volver a ver el mundo exterior y sus honrados y cuerdos pobladores, sucedieron los hechos que se narran en el arranque de este libro. Fàcilmente comprenderà el lector que aùn los recuerde (dichos hechos), a la vista del largo pero fructìfero camino hacia la regeneraciòn por mì seguido desde entonces, cuàn poco deseaba, cuànto temìa, verme a pique de perder una situaciòn sobre cuya solidez en el fondo nunca habìa abrigado una total certeza. ¿Acaso?, me preguntaba, ¿no perderé, de salir mis secretos a la luz, el respeto de mis conciudadanos, y éstos, con sobrada razòn, con lògico recelo, no rehusaràn (acaso) poner en mis manos criminales sus cabellos? Por otra parte, ¿qué podìa perder accediendo a la moderada peticiòn de aquellas personas necesitadas de una ayuda que, todo sea dicho, estaban dispuestos a retribuir en metàlico y quien sabe si también en muy apetitosas especies?

© Eduardo Mendoza - El Tocador de Señoras
Seix Barral, 2001

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