Don Héctor se baja en Munich y emprende el mismo derrotero de unos meses atràs, para llegar al pueblito de Rumania. Se alquila el mismo motor-home. Maneja hablando solo. Tarda ocho dìas en arribar al exòtico punto geogràfico donde se iniciò su amor.
La piernas se le aflojan y, con cortos pasos de pato, lentamente se acerca al local de donde escapan los ecos de un canto gregoriano con correìta que patina.
Adentro se agarra una mesa. Sus ojos se clavan en el mantel y su mano sacude miguitas que no existen. Teme buscar alrededor. Espera que su corazòn calme el zapateo y que ella venga y se le abalance. Se pefumò hasta las ingles. Los kilos de menos le dan ahora ademanes màs agiles pero medio exagerados. Una voz que no es la de ella le pregunta què se sirve. Don Héctor sabe escuchar y responder en este nuevo idioma. Se pide una milanesa pero que sea bien sequita. La moza se va para el hondo pidiendo a gritos unos calamaretis en salsa octubre. El no se mosquea, los calamaretis le encantan. Primero levanta un ojo y luego otro. Se dice en voz alta que Eubeba debe estar de franco. Le agarra un mareo, se llama a la calma pero su cabeza no responde y gira cada vez màs ràpido. Teme, con razòn, pedir una aspirina en su nuevo idioma. Se levanta y va hacia la cajera. Describe a Eubeba y ahì se entera que eso es su nombre.
Parece que no trabaja màs ahì, que la echaron, que molestaba a los clientes que venìan de afuera. Tiene que insistir para que de mala gana, al final, le cuenten donde està. Se fué a Bulgaria, a Sofia, o como se dice en rumano, Baasofia. Vuelve a la mesa con el papelito donde con letra indescifrable le anotaron la direcciòn. Lo arruga en su puño con un nudo en la garganta y se manya los pulpitos casi sin masticarlos.
Observa el lugar con nostalgia que se transforma paulatinamente en tranquilidad, en la certeza de que el amor al fin vencerà.
Se monta al ferry. Cruza la frontera. De un tiròn se hace los escarpados doscientos once kilòmetros hasta la capital bùlgara.
Allì todo està escrito en cirìlico. Ventiùn grados bajo cero. Calles desiertas cubiertas de nieve. Elige un hotelito no tan barato. En la recepciòn le dan dos lamparitas. Una para la habitaciòn y otra para el baño. Tienen pintado un nùmero con esmalte. Parecen ser las lamparitas veintiocho y la setenta y uno. Si las quema o las rompe salen màs caras que la habitaciòn.
Se toma el tiempo. Se pega una ducha de agua amarronada y encuentra al fin la perilla para prender el televisor marca Vostok. Envuelto en su batita de toalla marca lentamente el nùmero de Eubeba. Cuando atiende del otro lado se produce una conversaciòn que debo traducir del correcto rumano de la señorita y el chapuceado milonguear de don Héctor.
- Buenas tardes.
- Sì, quimiera parlare con señorrita Eubeba Marinescu.
- Sì, soy yo.
- ¿Ti ricordas di mua...?
- No, no sé, ¿quién es usted?
- Sei hombron meso canuso tu mano besare di mua en Carisma ristorante.
- Tù...
- Sorpresa, sorpresa. Aquì mu estoy por ti regresando.
Del otro lado cuelgan.
A don Héctor le baja la presiòn y es como que una sopapa le chupa el pecho.
Si no se mueve se va a desmayar. Entra a caminar respirando hondo alrededor de la cama. Los pensamientos se les empujan unos a otros. No sabe qué hacer. Todo tiene que ser una confusiòn. El destino no puede ser tan cruel. El amor que habitaba en su corazòn no podìa corta su camino sùbitamente en aquel precipicio aterrador. ¿Llamar de vuelta? ¿Hablaré peor rumano de lo que me imagino? ¿Se habrà casado? Se pone el abrigo y sale corriendo de aquella habitaciòn que empieza a oler a flores muertas.
Camina por calles desconocidas, inhòspitas, que parecen reìrsele en la cara y no puede calmarse. Cada vidrierita, farol, aviso peatonal con esas letras raras devuelven los fràgiles gestos de ese amor imposible. Todo tiene que ver con ella. No puede tenerle bronca. Se le da por pensar que Eubeba necesita ayuda. Que todo el asunto debe tener una conexiòn polìtica.
Callejuelas vacìas cubiertas de blanco contrastan con el cielo pùrpura amenazante de la sùbita noche invernal.
Vuelve al hotel.
La recepcionista, abùlica, le ofrece un periòdico jeroglìfico junto a un papelito con un mensaje en cirìlico. No se entienden. Desesperadamente él trata de saber si es ella quien lo llamò. En Sofìa no hay muchos hoteles. ¿Habrà investigado uno por uno? ¿Pero por quién preguntò? ¿Por hombron canuso sorpresa sorpresa? ¿Qué otra persona podìa dejarle un mensaje? En la Argentina nadie sabìa dònde iba a parar. Desagañitàndose, suplica a la coleccionista de bombitas eléctricas que le tire una ayudita. Pela billetes, y ahì la nami, con las manos, contonea en el aire las caderas de una mujer. Listo. Tiene que ser ella. Se atrinchera en su cuarto dàndose a la espera. En la tele no se entiende un carajo. Hay tres canales, elige el que pasa un ballet. Con el fantasma de la recepciòn hay como doscientas bailarinas en escena.
Don Héctor chilla su dolor.
Le salen de adentro ruiditos de sufrimiento. A la una de la mañana suena el teléfono.
- Hola.
- Habla Eubeba.
- Sì, ser mua, qué pasò a ti, colgate.
- Disculpame, me agarraste de sorpresa.
- Comprimo.
- Pensé que era una broma.
- Chiquirita zonza...
- ¿De dònde eres?
- Io suono aryentain.
- Tan lejos...
- Yes.
- ¿Viniste por mi?
- Por qui altra... cusita di mua.
- No te entiendo bien, ¿dònde aprendiste a hablar rumano?
- Pitman scola do parla.
- ¿Qué decìs, te sentìs bien?
- Alora mejore qui dopo.
- Tengo una amiga que habla español, tal vez nos pueda ayudar.
- Parla no problemis. Lingua di uni...
- No te entiendo. Llamo mañana.
- Dormi trancuila. Qui soñe con los angelotis.
Se duerme màs sereno. Una pesadilla no tarda en sacudirlo. De ella se despierta gritando en la oscuridad y manoteando la almohada de al lado que llama amor de mi vida.
A la mañana lo despierta un golpe en la puerta. Se envuelve con la colcha y parece una virgencita de Lujàn gigante. Abre y se la encuentra a Eubeba parada ahì con un enorme ramo de flores. Ella se sorprende y es como que le cuesta reconocerlo. El se queda, gracias a Dios, sin palabras. Sonrìe y se aplasta los canusos mechones. Ella mira hacia ambos lados del pasillo y con expresiòn desesperada murmura:
- Tenìa que verte. Tienes que ayudarme.
Don Héctor la hace pasar. Se mete en el baño tratando de encender la bombita que explota por telekineis. Eubeba escucha la explosiòn desde el dormitorio y golpea a la puerta, desesperada.
- Abre, abre, ¿qué has hecho?
- Pum pum bombilla.
Eubeba se lleva la mano al pecho y sonrìe aliviada. Sola en el cuarto, parece que se le da por espiar las pertenencias de su pretendiente. Descubre en la mesa de luz su propia foto en la que està tomàndole la mano al hombre. Don Héctor sale màs peinadito. Enfrenta la espalda de la joven, con las manitos cruzadas atràs, se quedò pegada a ese rectangulito de cartòn con su imagen. No se mueve. Se lleva un dedo a la boquita y se lo chupa. En su timidez, el prìncipe teme distraera la doncella de zapatitos blancos y carterita haciendo juego pasada de moda. Ella se despierta, su cuerpo vibra levemente, gira y descubre a Héctor detràs de su hombro.
- ¿Esto eras vos?
Don Héctor no entiende y piensa que es debido al fuerte acento de los dialectos de la regiòn draculiana.
- Me pudrìa reputir la cuestioni.
- No, nada.
Ella sonrìe y se ondula dàndose brìos, como una actriz lista a salir de escena nuevamente.
- Ahora sì que estàs lindo, qué bien te peinaste.
Don Héctor desvìa sus ojos a la alfombra como si hubiera perdido algo.
- ¿Qui cosa ti giusta di mua, Eubeba?
Ella se acerca y abraza a nuestro lungo compañero, escondiendo su carita, ahora sollozante, en su peludo pecho por entre la bata abierta.
- No màs palabras, mi tesoro. Al fin estamos juntos.
- Venù senterte porquito acà camita.
Màs que sentarse se reclinan, se acuestan, hacen el amor. Tiembla la cama y la mesita de luz, volteando la fotito que del otro lado tiene anotado, asì nomàs, dos nùmeros de teléfono de la embajada rumana en Buenos Aires y una nota que dice: “Esta foto pertenece al Sr. Héctor Lasota domiciliado en tal y tal con nùmero de teléfono este y aquel, de ser extraviada se ruega su devoluciòn. Serà recompensado. No tiene valor comercial, sòlo afectivo para su dueño. Desde ya muchas gracias y que Dios lo bendiga”.
La Eubeba le dice que en los meses que no se vieron muchas cosas cambiaron. Conociò a un señor inglés de plata que le ofreciò casarse y llevarsela.
Ella no preveìa su regreso. Ella querìa rajarse de su paìs. Para eso necesitaba casarse con alguien que pudiera pagarle al Estado el dinero invertido en su educaciòn. Era tarde, la boda estaba fechada para dentro de dos semanas. Cuando hombron canuso llamare prima volta ella lo tenìa al lado al otro. Por eso colgò.
Eubeba se despide dolorida dejàndolo solo y con una lamparita menos. Don Héctor llora y piensa en suicidarse. No resiste la vergüenza de volver a la Argentina sin novias y sin cuchillos. El tiempo se detiene a su alrededor. Pone la fotito en su mesa de luz. Concentra la mirada en la inocente sonrisa que no besò a tiempo, la agarra y la destruye en pedazos con las manos. Suena el teléfono.
- ¿El señor Héctor?
- ¿Quién habla?
- Soy una amiga de la señorita Eubeba. No acostumbro hacer estas cosas, pero al verla destrozada me veo obligada a acceder.
- ¡Al fin, alguien que habla español!
- Sì, por eso Eubeba me eligiò. Mi padre es diplomàtico, somos chilenos.
- Mire, señorita, para mi la situaciòn es tan terrible como para ella. Discùlpeme si se me quiebra la voz, pero le confeso que estoy desesperado. Yo la quiero mucho...
- Me imagino, càlmese, tuteémonos.
- Gracias, che, necesitaba hablar con alguien.
- Para eso llamo, para que nos reunamos. Eubeba me pidiò que los tres vayamos a cenar, y yo pueda hacerles de intérprete; su dominio del rumano parece ser un poco precario.
- No sé, a mi en el curso me dijeron que andaba fenomeno.
- Suele pasr, son idiomas dificiles de chequear.
¿Cuàndo es la cita?
- Esta misma noche. El asunto es delicado. No tenemos tiempo que perder.
- Sì, sì, dònde, ¿dònde nos vemos?
- Usted conoce la perspectiva Swrchytznsvibtresky?
- ¿La cuàl?
Una pequeña brasserie con paredes de madera. Adentro hace calor. Don Héctor se saca el gamulàn, el suéter y, en el baño, hasta la camiseta de frisa.
Llegò temprano. No se aguanta la espera. Pide un trago en una mesita che eligiò, redondita, con mantel a cuadritos blanco y rojo.
A ese lugar debe ir a cenar la pequeña aristocracia bùlgara, los jérarcas del partido, las familias como la de esta mina traductora que parecen ser diplomàticos. El càlido restaurante le hace volver la sangre al cuerpo. Las mesas estàn divididas en cabinitas tipo reservados.
La mùsica no resbala y està ajustada a un volumen òptimo. Se la escucha sòlo en los momentos en que uno deja de pensar.
Entre columnitas de madera, Don Héctor advierte en el reflejo de un espejo que las chicas llegaron. Se estàn sacando los abrigos y la amiga traductore es un poco màs alta que Eubeba; tiene cabello obscuro, ademanes medio remilgados y chucherìas colgadas que brillan. Una mesera las acompaña. Se presentan. La traductora se llama Silvia. El marco de sus lentes debe salir un fangote de guita. Perezosamente se podrìa decir que es tìmida, pero no es màs que afectadamente distante. Tras unos minutos de besos, formalidades, traducciones del menù, sonrisitas y carraspeos, van al grano.
Eubeba habla bajito y casi en la oreja de su amiga. Retuerce la servilleta y se la pasa mordiéndose el labio inferior. Su respiraciòn es irregular. Las comas en sus frases caen en cualquier palabra, sòlo las usa para frenar las ganas de llorar. Silvia pone voz de frecuencia modulada y transcribe clìnicamente a su representada.
- Ella dice que a este señor lo conociò cuando llegò a Sofìa. Que le parece un hombre simpàtico, aunque es un poco grande de edad.
- ¿Qué edad?
Eubeba se acerca todavìa màs a la oreja de Silvia.
- Dice que cumple setenta y uno el dìa de la indipendencia del Congo, o sea en escasas dos semanas.
- ¿Tanto?
- Dice que se parece al padre. Que acà, los bùlgaros maltratan a las mujeres tanto o màs que los rumanos. En cambio, cuando le presentan a Pierson descubre en sus ojos una nueva clase de ternura.
- ¿Pierson es el quìa?
- No, el abogado penalista.
- ¿Retirado?
Eubeba mueve en no la cabeza, Silvia dice que no y mira alarmada a su amiga, que empieza a revolver cosas adentro su carterita. Ambas se ponen a discutir en bùlgaro, dejàndolo afuera a Héctor.
- Mire, yo le aclaro que solamente repito lo que Eubeba me dice, ahora quiere mostrarle la foto de su prometido...
Se la pasan de mano en mano hasta que llega a hombron canuso. La fotito es un poco màs grande que una de carnet, y el tipo es un peladito con barbita a lo Satanàs con cara redondita y ojitos de yo no fui.
- ¿Para qué me muestran esto? ¿Para qué me lo mostràs Eubeba?
Eubeba parece que empieza a hablar en bùlgaro y el damnificado ahora sì que no entiende ni jota.
- Se la muestra porque en Rumania existe la costumbre ancestral, de la regiòn de los Càrpatos, que dice màs o menos, còmo le podrìa decir... “Cornudo consciente, cornudo el otro”. Si bien no es tan asì, es muy dificil encontrar una traducciòn equivalente, la cosa es que yo no sé si la conoce, pero esta cultura es medio extraña.
- Yo lo ùnico que sé es lo del Conde Dràcula y eso de chupar la sangre.
- Claro, ahì tiene, eso es màs de la parte Este, de donde ella viene, los rituales son un poco distintos.
- ¿Qué te chupan? Digo, ¿cuales son las diferencias folklòricas?
Don Héctor ingiere, por los nervios, una desacostumbrada cantidad de Bizon-vodka de sesenta y un grados. Medio que se le escapa el desatinado humor. La situaciòn es ridìcula, y él pretende ocultarle, a esta nueva señorita, su ìntima desesperaciòn, a través de bocadillos frìvolos y medio cheroncas.
- Son màs religiosos. Mire, entre nosotros, mucho màs retrasados.
- Retrasado me siento yo en esta situaciòn. Tomà la foto, que no se le arrugue.
Eubeba empieza a dictarle a su amiga un largo pàrrafo. En el medio el llanto la vence. Silvia dice que no con la cabeza, se niega fervientemente a traducir el nuevo speech. Eubeba insiste, toma de los brazos a su amiga y la sacude, la besa, le pone las manos como que reza. Al final Silvia se baja medio trago de un sorbo, se pone la mano en la gargante, respira hondo y, sin mirar a don Héctor, es ahora ella la que empieza a jugar con la servilleta.
- Mire, Héctor, no sé si debo traducirle lo que acabo de escuchar. Me cuesta. No estoy acostumbrada a estas cosas.
- Te entiendo, pero decìme, largàlo nomàs.
- Acà la señorita dice que si usted le ofrece casamiento, ella està dispuesta a suspender la boda con Pierson.
- Bueno...
- Esto no es todo. Quiere que le prometa que la lleva a la Argentina.
- Bueno...
- Sì, pero ademàs tendrìa que pagarle al Estado rumano el equivalente a unos quince mil dòlares, en concepto de educaciòn y servicios sociales que le fueron brindados desde su nacimiento por el gobierno comunista.
- ¿Quééééé?
- Bueno, esto es lo que me dice ella, no me mire asì, yo qué tengo que ver.
Don Héctor cambia la mirada a su estimada y ella haciéndose eco de cierta mala onda se larga a llorar con tutti y se precipita en carrerilla hacia el baño.
- Pobrecita, es tan dificil para ella.
- Pero esto, ¿no hay, digo, otra manera de arreglarlo?
Silvia sonrìe tratàndolo de pàrvulo.
- Mi querido amigo, tendrìa que haberse asesorado antes.
- Pero usted no es de... ¿Su padre no es embajador de Chile?
- Sì, pero eso no tiene nada que ver.
- Pero con quince mil dòlares uno se compra dos casas en la Argentina.
- Acà ocho, en Chile seis.
- Se ve que ya estuviste calculando...
- Y sì. ¿Hace mucho que ustedes se conocen?
- Bastante, ¿ella no te contò?
- No, no hubo tiempo. Me llamò esta tarde. En la embajada le tomamos cariño desde que se desmayò.
- ¿Cuàndo?
- Se venìa todos los dìas a ver si le dàbamos asilo polìtico. Una mañana le agarrò aquello.
- ¿Qué cosa le agarrò...?
- Y, el problemita que tiene, la epilepsia.
- Ah, yo creìa que era otra cosa.
Don Héctor trata de disimular su terror a ser mordido ahì abajo. Un reflejo le junta las piernas. Se las cubre con la servilleta.
- Qué vida esta chica...
- Sì, qué vida. ¿Usted sabe todo sobre Eubeba?
- ¿Lo de la madre dice?
- No, sì, no... ¿Qué?
- Tuvo sus razones para matarla, ¿no le parece?
- Pe...Po... por supuesto.
- ¡Prostituirla desde los once años...!
- Po... Pros... Nos...
- Le arruinò la vida. Usted la conociò en Rumania, ¿no?
- Sì, en el restaurante.
- Fueron a un restaurante.
- No, en el restaurante en el que ella trabajaba, ¿no es cierto?
- Ella no trabajaba allà, espere... ¡Ah!, perdòneme, usted quiere decir la càrcel.
- ¿Qué caca, qué cacàrcel...?
- La càrcel modelo de Zurpete. ¿No sabìa usted?
- No, el lugar se llamaba Carisma, tenìan unos trajecitos...
- Sì, los uniformes, terrible... La sacaron de la heroìna, pero no por eso estoy de acuerdo con los métodos que emplean.
- A nosotros nos llevò el cartero.
- ¿Qué cartero?
- Uno con uniforme celestito, con un gorrito con una banda dorada y la hoz y el martillo.
- Ah, entiendo, a los guardiacàrceles en lunfardo ustedes los llaman carteros. Mejor voy al baño, a ver si le agarrò otro ataque, està tardando mucho.
Silvia se levanta preocupada, llevàndose la cuchara de sopa, por si tiene que apretarle la lengua a Eubeba para que no se la muerda.
Don Héctor mira para todos lados y, directamente, agarra la botella de vodka y entra a chupar del pico. Amaga irse, pero lo descubren las chicas regresando, dejàndole el gesto de incorporarse en el aire como un ademàn de caballero. Les acomoda las sillas a las dos, y se vuelve a sentar moviendo la carita, sonriente como un perrito de juguete en la luneta trasera de un auto.
- Eubeba me dijo, en el baño, que entiende lo dificil que debe ser para usted la situaciòn.
- No, para nada. Peor es la muerte.
Eubeba sonrìe. Don Héctor trata de encontrale el costado positivo al asunto. Por lo menos, asì, no tendrìa suegra. Llega la comida y la charla se camufla de gastronòmica.
- Acà se come mejor que allà, ¿no, Héctor?
- ¿Qué? ¿En dònde, en la Argentina?
- No, digo en el restaurante que la parroquia les puso en Zurpete a las reclusas, para juntar plata para la metadona.
Don Héctor mira al cielorraso como para pedir ayuda, o para bajar algo que se le quedò atravesado en el canarutzo.
- Eubeba pregunta si usted sabe cocinar.
- No.
- Bueno, de todos modos, en Buenos Aires hay un restaurante por cuadra. Ella es mucho de salir y le gusta mucho la carne. ¿No es cierto, Eubeba?
Silvia levanta el bife con el tenedor y se lo señala a la amiga. Eubeba dice “da” con la boca llena.
Pensàndolo bien, bajos las circumstancias, la traductore està bastante fuerte, el noble corazòn de don Héctor extraña con nostalgia la forma de ser latinoamericana. Silvia se distiende y le sonrìe.
- Cuando Eubeba me contò el idilio de ustedes, a mi me agarrò como envidia. Usted es muy romàntico, ¿no?
- Sì, pero la vida es dura.
Eubeba escucha esta palabra e interviene haciéndose la graciosa.
- Duran duran hombron canuso...
- Se ve que ella lo quiere, ¿eh? No le saca los ojos de encima. Lo que usted podrìa hacer es quedarse a vivir acà.
- ¿Acà, yo, y qué corno ago?
- Y, con los quince mil dòlares que se ahorran, acà se dan una vida de reyes. Se pueden poner un restaurante.
- O una càrcel...
- Perdòn, no le escuché.
- Digo que acà escasean los restaurantes.
- Este es el mejor. El màs romàntico. ¿Siempre usò bigote usted...?
© Alejandro Agresti - La sonrisa no basta
Buenos Aires 1997
Poissons Renuncia Dog eat dog King of losers Encuentro Living deads Locatelli
Poets and fighters
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