Se llamaba Elías Borovsky. Por error de
un funcionario al emitir la libreta de enrolamiento, a los dieciocho
años la r del apellido se transformó en s. Nació en
Buenos Aires, en 1916. Hijo de inmigrantes, su padre era ruso
y su madre polaca.
Se crió en ambiente de tango. Desde los primeros años
de la adolescencia compartía las largas horas de prácticas
que su hermano mayor, un gran milonguero, tenía con sus
amigos. Este hermano mayor, Simón, se casó más
tarde con Rosita, también una gran milonguera y siguió concurriendo
a los bailes durante años después de haberse
casado.
Elías no estaba destinado para el mundo de la empresa,
la religión, la formalidad, el culto al dinero. Su religión
era el tango, y era un perfeccionista.
Era pintor de paredes, y hacedor de todo, habilidoso con las
manos como lo era con el baile. Pero en realidad nunca le llegó a
interesar el trabajo como le interesaba el baile. Y esto en un
sentido pleno, también referido al tango: nunca actuó como
profesional. En muchas ocasiones hacía exhibiciones en
los más famosos salones de su época.
Lo apodaban "El Rusito Elías". Se pasó la
vida enseñando a grupos, a bailarines profesionales, perfeccionando
o enseñando a hacer coreografía a parejas que actuaban
en teatro o televisión. Todo eso sin cobrar. Era por puro
perfeccionismo: no podía soportar que se bailara mal y
que estuvieran dando espectáculos por teatro o por televisión
bailarines mediocres.
Desde su adolescencia se dedicó durante años a
practicar, perfeccionar pasos y giros, crear figuras... Después,
ya desde antes de los dieciocho años, pasaba las noches
en las milongas.
A los dieciocho o diecinueve años pintaba un salón
de tango "La Buenos Aires" y se fue de la casa de los
padres para dormir en un estante del guardarropas, en el que
se quedaba después de haber ejercido su autoridad durante
el baile. En esa época lo conoció el tano Humberto
Martucci, otro gran milonguero que después sería
su cuñado y que, la misma noche que lo vio bailar al Rusito
y se hizo su amigo, también se fue de la casa de sus padres
y se quedaba a dormir en otro estante del guardarropas. Más
tarde estos amigos se harían familia, al casarse con las
hermanas Felicia ("Nilda") y Anita ("La Gallega"),
las novias con quienes habían bailado y habían
hecho exhibiciones en las milongas.
El Rusito Elías llegó a elaborar a fines de la
década del treinta y principios del cuarenta, junto a
otros grandes milongueros de su generación, un desarrollo
importante en la técnica del baile, con un estilo muy
depurado, elegante, preciso, fruto de los años de intensa
práctica y estudio. Su paso básico no era igual
al que se baila hoy: salía con la izquierda, daba otros
dos pasos, enderezaba el frente y cerraba con la derecha. En
medio de esa posible secuencia aparentemente simple de cuatro
pasos intercalaba todo tipo de giros, figuras, enrosques y
desenrosques.
Improvisaba todo el tiempo. Si bien tenía un repertorio
amplísimo de figuras y recursos expresivos, su forma de
concebir el baile le permitía ir creando sobre la marcha
situaciones y figuras a partir de los cambios de ejes en los
giros y medios giros. Tenía un perfecto equilibrio y en
el baile hacía culto a la elegancia, al carácter
de los pasos, a la precisión y limpieza de las figuras,
a la cadencia musical.
Despreciaba tanto a los "verduleros" de la milonga,
aquellos que acumulaban "verduritas", una sobrecarga
barullera de acciones en medio de un gran descuido de la calidad
y la postura, como a los que hacían acrobacias cambalacheras
en los escenarios, un tango-fantasía sin sustento sólido
en las raíces populares.
Vivió siempre muy pobre, porque nunca le interesó el
dinero. En esa época no era habitual que un milonguero
pudiese vivir del tango o que ganara dinero con lo que era su
pasión. Era muy sencillo en sus costumbres y en sus relaciones
con los demás, pero sentía el orgullo de saberse
parte de una casta superior, la de los milongueros de elite.
Enseñó a bailar a mucha gente, incluidos algunos
bailarines profesionales a los que perfeccionaba y les enseñaba
a crear coreografía.
Respecto a las orquestas, tenía muy definidas sus preferencias
y sus rechazos. Las escuchaba solamente con el corazón
y con los pies: además de sus ídolos de juventud,
en los años maduros amaba principalmente a Osvaldo Pugliese
en la misma medida en que rechazaba a Piazzolla, porque, según él
pensaba, había destrozado el tango bailable. Nunca entendió que
una orquesta tocase tangos sólo para ser escuchados,
y en esos tiempos de protagonismo piazzollano el baile estaba
contra
las cuerdas.
En 1960 el Rusito tuvo un estímulo para transformarse
en profesional: la orquesta de Mario Canaro, hermano de Francisco,
le propuso formar la pareja de baile para un espectáculo
que iba a realizar una gira por Latinoamérica. El comienzo
de la gira iba a ser en Lima, Perú. Fue la primera vez
que Elías viajaba en avión, y era el orgullo de
todo el barrio. El destino quiso que nunca llegara a ser profesional:
el día que iban a debutar, la compañía entera
sufrió una intoxicación que los llevó a
todos, el Rusito incluido, al hospital, y después de
vuelta para Buenos Aires.
En sus años maduros vivió con el temor de que el
tango desapareciera, porque le tocó padecer la época
negra en que éste fue excluido de los circuitos de la
industria cultural y los medios de comunicación.
Fue un milonguero típico, uno de los tantos anónimos
creadores del tango en aquellos años épicos del
treinta y el cuarenta, aquéllos que desarrollaron, hasta
un nivel extraordinario de sofisticación, los fundamentos
del baile actual, el arte de su enseñanza y las bases
de su profesionalización. Nunca fue filmado. De él
y de otros que carecieron del soporte de la industria cultural,
con un cine y una televisión a los que el tango bailado
no interesaba, sólo quedó un patrimonio que heredaron,
inevitablemente sin conciencia y sin memoria, los milongueros,
los profesores y los profesionales actuales.
Hoy no quedan documentos, ni filmaciones, ni testigos vivos
de aquellos años épicos, finales del treinta y principios
del cuarenta, en los que el Rusito destacaba en las milongas.
Petróleo, uno de los grandes milongueros que lo llegó a
conocer personalmente en aquella época, todavía
se acordaba de él, y de su hermano Simón, ¡cincuenta
años después!, según le relató a
Mingo Pugliese poco antes de morir.
El Rusito Elías murió en Madrid en 1986, sin saber
que aquellas botellas lanzadas al mar mediante la paciente transmisión
a tantos alumnos, habían sido recogidas años después
por muchos, que el tango estaba comenzando a renacer y que volvería
a ser bailado por mucha gente, no sólo en Buenos Aires
sino también, como en los años de gloria, en
Europa, Estados Unidos y otros lugares.
© Guillermo Borovsky
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