
The worst soprano in the world
by Patricio Lennard
In Buenos Aires, there
is a tango singer who is famous for his prodigious false notes.
Let's call him Gomez, even if he gave himself a much more
conspicuos tango name. He is so out of tune that when he got
married and the priest asked him "Will you Gomez..." he answered
"Si flat". (In spanish, "Si" is either "Yes" and "B"). His
nasty musicians say he sings worse everyday and today is singing
like tomorrow. When they go recording, they make their will.
One day, after a rehearsal session, his musical director said
to the band: "Now muchachos, we are gonna play
this 4/4 beat as 3/4, the C major becomes C minor, this F is
F sharp..."
"What shall i do, maestro?" "You, Gomez, you sing exactly
as you just did."
Having i listened him singing only once, i really can't say
if he is the worst tango singer of all times. As a matter of
fact, Pichuquito, the main bandoneòn player of "The truck-driver's
venue" - a
legendary
radio program in which they gave everybody, and i mean everybody,
the chance to sing a tango with a real band - supports Gomez
candidature to this glamourous prize. Nevertheless, i am sure
that he would have been the perfect opening act in the concerts
by Florence
Foster Jenkins, the worst soprano ever, according to the following
portrait by Patricio Lennard.
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Se puede cantar mal. Se puede cantar pésimo.
Pero no se puede cantar como Florence Foster Jenkins. Borges
pensaba que la jerarquía exacta no es tan importante puesto
que la literatura no se trata de una competencia: en el canon
literario no se dan trofeos. ¿Pero a qué se debe
esa tentación por definir quién ha sido “el
peor” en la historia de cualquier disciplina artística?
Sabido es que la celebración de un mundo en donde lo malo
es bueno (de un “buen gusto del mal gusto”, como
decía Susan Sontag) supone la suspensión del juicio
estético corriente. Algo que, a la hora de entronizar
a alguien como “el peor de todos”, nos incita a creer
en su falta de discernimiento de hasta qué punto era malo
en lo que hacía: los artistas malos que logran fascinarnos
lo hacen por el hecho de “presumirse inocentes”.
Florence Foster Jenkins, la peor cantante lírica de toda
la historia de la interpretación musical, no sólo
no tenía empacho en ponerse a la altura de sopranos de
renombre en los años ’30 y ’40, como Frieda
Hempel y Luisa Tetrazzini, sino que hasta solía pasarse
horas enteras escuchando sus propias grabaciones, sentada plácidamente
en el living de su casa. Gestos que viniendo de alguien que nunca
cantó una sola nota en el lugar correcto, y cuyo afán
por alcanzar los registros más agudos de las dificilísimas
arias que elegía para interpretar bien puede ser comparado
con el esfuerzo de quien pretende escalar una montaña
valiéndose de dos escarbadientes, dejan ver su manifiesta
incapacidad para escuchar debidamente lo que con su voz hacía.
Nacida en 1868 en Wilkes-Barre, Pennsylvania, en el seno de
una familia adinerada, Florence Foster Jenkins tuvo su debut
público
como cantante en 1912. De chica había recibido lecciones
de música y de piano, y a los 17 años, descontenta
con la negativa de su padre ante su deseo de irse al extranjero
para proseguir con sus estudios, se fugó a Filadelfia
con Frank Thornton Jenkins, un médico que luego se convertiría
en su marido y del que se separaría pocos años
más tarde. Allí ella supo ganarse la vida como
maestra de música y pianista. Hasta que la muerte de su
padre, en 1909, la hizo heredera de una fortuna que le permitió,
de ahí en más, vivir con bastante holgura. Recién
entonces pudo darle rienda suelta a su sueño de hacer
carrera como cantante. Un sueño que su familia y su antiguo
marido habían desalentado en muchas oportunidades, a sabiendas
de sus escasísimas dotes, pero a lo que Florence hizo
oídos sordos en más de un sentido.
Así, empecinada como estaba, ella comenzó a tomar
clases de vocalización y a realizar pequeñas presentaciones
en distintas ciudades de su país, que de a poco fueron
cimentando su fama de diva freak y extravagante. Pero fue su
decisión de dar el gran salto y mudarse a Nueva York lo
que terminaría convirtiéndola en una figura de
culto. Una vez allí, Florence Foster Jenkins dio en frecuentar
el mundillo musical y fue adquiriendo cierta notoriedad entre
sus colegas (Enrico Carusso era uno de los que se dice la tenían
en estima). Una notoriedad que se fue apuntalando, sobre todo,
en los conciertos privados que ella daba, una vez por año,
para un nutrido grupo de amigos, admiradores, cantantes y críticos
que ella se encargaba de invitar, en el auditorio del Ritz-Carlton
de Nueva York.
“
La gente puede decir que no sé cantar, pero nadie podrá jamás
decir que no canté”, sentenció una vez Foster
Jenkins, consciente de los sarcasmos de los que ella era objeto
y que le valieron motes como el de “diva del bochinche”.
Críticas y mofas que, viniendo del periodismo, lejos de
influir negativamente en su reputación, ayudaron a rodearla
de cierto aire de leyenda y a azuzar, por supuesto, la curiosidad
del público. No por nada fue el clamor de sus admiradores
y el deseo de quienes nunca habían tenido la oportunidad
de escucharla lo que hizo que ella finalmente aceptara una idea
a la que se había resistido durante mucho tiempo: cantar
nada menos que en el Carnegie Hall, uno de los teatros neoyorquinos
más tradicionales. Una función que tuvo lugar el
25 de octubre de 1944 (ella entonces tenía 76 años)
y para la que las entradas se agotaron varias semanas antes.
“
Su actitud fue en todo momento la de una cantante que hizo su
trabajo lo mejor que pudo”, escribió un periodista
al día siguiente de lo que sin dudas fue el momento apoteósico
de la carrera de Florence Foster Jenkins. Un comentario que,
no haciéndose eco del tono burlesco con que la prensa
mayormente reseñó el espectáculo, parece
desmentir la creencia por algunos sostenida de que todo lo que
ella hacía lo hacía a propósito. De que
lo suyo habría sido una enorme broma.
Basta escuchar, en este sentido, cualquiera de las arias y
canciones que ella grabó en los más de treinta años
que duró su carrera (y que fueron compiladas en su mayoría,
de manera póstuma, en un disco titulado The Glory (????)
of the Human Voice) para percibir que no hay en ellas indicio
alguno de autoparodia, sino hasta incluso un dejo de autocomplacencia.
Rasgos que saltan a la vista, por ejemplo, en una de las “joyitas” del
volumen: su versión del “Aria de la Reina de la
Noche”, de La flauta mágica de Mozart. Allí,
Jenkins se toma el atrevimiento de agregar al final de la partitura
un fa sobreagudo que no existe (y que ella obviamente nunca llega
a cantar, puesto que su voz no le alcanza). Un “retoquecito” que
no parece deberse sino al (des)propósito de hacer que
el punto más alto de exposición de su “virtuosismo” coincidiera
con el instante en que el auditorio aplaudía (un recurso
que es típico del bel canto, ese estilo que alcanzó su
máxima expresión en la ópera de principios
del siglo XIX y que se caracteriza por las florituras y dificultades
que sirven para que el solista se luzca, pero que en el clasicismo
de Mozart era casi impensable).
No extraña, entonces, que en “La Reina de la Noche” la
desafinación de Florence Foster Jenkins alcance sus niveles
más altos. Una performance que se justifica en el hecho
de que el aria de Mozart es la pieza más difícil
de su repertorio y, lógicamente, en la que su voz compone
su mejor peor desastre. (Eso sin contar los problemas de pronunciación
que tenía la cantante, los que hacen que sea casi imposible
discernir si está cantando en alemán o en otro
idioma.)
No muy diferente es lo que podría decirse del “Aria
de las campanas”, de Lakmé de Leo Delibes, un tema
que suele ser interpretado por sopranos que se hallan en el esplendor
de su carrera, y que Florence —en su afán por hacer
coloratura— masacra con sus arabescos más o menos
gallináceos. Temas que seguramente ella cantó en
su noche consagratoria en el Carnegie Hall, ante una sala repleta
que atestiguaba, sin saberlo, lo que sería su última
presentación en público.
Y es que el 26 de noviembre de 1944, justo un mes más
tarde, Florence Foster Jenkins moría.
En el Grove Music, el diccionario enciclopédico más
completo que existe sobre cuestiones relacionadas con la música,
no hay ninguna entrada que recoja su nombre. Una omisión
que puede resultar extraña, si se atiende a que Florence
Foster Jenkins, la peor soprano de todos los tiempos, sí ocupa
un lugar en la historia de la música (aunque más
no sea en su exactísimo reverso).
No menos extraño es, de este modo, que su vida no haya
motivado a esta altura una película o una biografía.
Sólo en los últimos años, tanto en Broadway
como en Londres, han subido a escena sendas obras de teatro inspiradas
en su persona, y en las que sus protagonistas asumieron el peliagudo
desafío de imitar cómo cantaba. Una empresa que
les exigió componer con la mayor fidelidad posible la
manera en que Jenkins calaba una nota atrás de otra y
engolaba la voz y perdía el ritmo y descuartizaba la armonía
con desubicados cuartos de tonos que lanzaba al aire como esquirlas;
y que demandaban de quien la acompañaba al piano verdaderos
malabares a fin de seguirle los erráticos pasos que
ella daba todo el tiempo por la escala.
Y si de lo que se trata es de aportar una prueba más sobre
la por demás elocuente dificultad de Foster Jenkins para
escuchar cómo cantaba, vale decir que la mayor parte de
las grabaciones que ella realizó fueron plasmadas en únicas
tomas. Sólo una vez ella tuvo reparos con respecto a un
tema. Y en esa ocasión telefoneó al estudio de
grabación para comentar que estaba un tanto preocupada
por cómo habría quedado una nota al final de un
aria que había grabado un día antes. A lo que Mera
Weinstock, la directora de The Melotone Recording Studio, le
respondió: “Mi querida Madame Jenkins: Usted no
necesita preocuparse por ninguna nota en particular. Se lo aseguro”.
Historias como ésta le sacan brillo al mito personal de
la divina Florence. Como la del accidente que tuvo mientras viajaba
en taxi, un día de 1943, y en el que a causa del susto
que le produjo la colisión supo que podía llegar
a un fa sobreagudo. (Circunstancia tras la cual, en lugar de
iniciarle acciones legales a la compañía de taxis,
le envió al conductor de regalo una costosa caja de
puros.)
Otra anécdota memorable gira en torno del acting que ella
solía hacer cada vez que cantaba uno de sus temas predilectos:
una canción popular española llamada “Clavelitos”,
de la que inexplicablemente no existe grabación alguna. “Ella
insistía en tener una música introductoria, que
le permitiera bailar un paso español en el estilo del
fandango, una vez que aparecía sobre el escenario vestida
con un enorme peinetón, una mantilla y un chal, y llevando
una canasta llena de claveles rojos”, recordaba Cosme McMoon,
el pianista que fue su fiel acompañante durante muchos
años. “Y a lo largo de la canción iba arrojando
las flores al público, mientras recibía aplausos
y gritos de ‘¡Ole!’ Esto, por supuesto, generaba
un pandemonio por el que se veía obligada, casi siempre,
a repetir el número al final de sus presentaciones. Y
como había tirado todos los claveles, entonces ella solía
pedirle al público que se los devolviera para poder hacer
el bis como era debido. De este modo, muchos se los acercaban
al escenario o se los arrojaban desde la platea, y sólo
cuando volvía a llenar la canasta comenzaba de nuevo.”
Imaginarla a Florence arriba del escenario, cantando cualquiera
de las arias y canciones que han llegado hasta nosotros, hace
imposible no sentir en carne propia lo difícil que debe
haber sido contener la risa para quienes tuvieron la suerte de
asistir a sus conciertos. En este sentido, Cosme McMoon aseguraba
en una entrevista que el público evitaba reírse
descaradamente (“lo que habría herido los sentimientos
de Madame Jenkins”), y que en sus shows existía
una suerte de convención implícita según
la cual, cuando la cantante incurría en alguno de sus
exabruptos, la gente se guarecía en una salva de aplausos
y exclamaciones para poder reírse decorosamente. A esas
reacciones, aunque cueste creerlo, la soprano solía compararlas
con las que en aquellos años Frank Sinatra ya había
empezado a generar en el público adolescente. Algo sobre
lo que Sinclair Byfiled, manager de la cantante, decía: “Hay
sujetos que arriba de un escenario saben captar la atención
del público; que tienen un magnetismo en su personalidad
que hace que todos los miren. Eso poseía la Sra. Jenkins.
Podías sentirlo en el aplauso. Por eso atraía tanta
gente a sus conciertos, más allá de la pequeña
voz que ella tenía. El público pudo haberse reído
de cómo ella cantaba, pero sin duda el aplauso era auténtico”.
“
La naturalidad es una pose muy difícil de mantener”,
escribió Oscar Wilde en una de sus comedias. Florence
Foster Jenkins era genuina al extremo de parecer una caricatura.
Creía en la seriedad de lo que hacía al punto de
provocar la carcajada. Tal vez si pudiéramos saber por
qué sintió que estaba mal aquella nota, o qué era
lo que en ella le hacía ruido, entenderíamos algo
del insondable criterio musical de esta artista inigualable.
Hoy la escuchamos una y otra vez, y una y otra y otra vez nos
embarga la risa. Una risa que Madame Jenkins nos contagia desde
más allá del tiempo, batiendo las alas de ángel
regordete con las que solía cantar algunas de sus arias.
Con la cara empolvada, arriba de una nube, en la gloria de
su voz, y sonriendo.
© Patricio Lennard
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