“Come en casa Borges.” La frase –simple,
transparente, apenas matizada por una predilección sintáctica,
como le gustaba a Adolfo Bioy Casares que fueran las frases
y la literatura– es el mantra, el talismán, la
contraseña
feliz que brilla y se repite una y otra vez a lo largo de las
1650 páginas de Borges, el diario en el que Bioy registra
con maníaca constancia los cuarenta años de la
amistad más conspicua de la literatura argentina. Cada
vez que leemos “Come en casa Borges” adivinamos
la fruición, la perfidia, el entusiasmo casi escolar
con que Bioy debía celebrar las visitas de su amigo:
primero cuando se las anunciaba a su mujer, Silvina Ocampo;
después,
por las noches, antes de acostarse, cuando transcribía
los pormenores más ínfimos de lo que habían
conversado durante la cena. Porque Borges y Bioy pueden salir,
visitar a otros amigos, viajar, asistir a eventos culturales,
a entierros, a reuniones literarias, pero es en la conversación –género
verbal y espacio íntimo– donde se mueven como
peces en el agua y son como quieren ser, como no les importa
ser, como
serían siempre si las etiquetas de clase, las reglas
del decoro y las obligaciones sociales no los amordazaran.
En la
conversación, el infierno que son los otros deja de
ser un límite, un llamado a la mesura, y se convierte
en lo peor, o lo mejor, que un par de forajidos de la maledicencia
como Borges y Bioy pueden tener a su alcance cuando están
juntos: un tema; es decir: un objeto de goce supremo. Tan supremo
como un cuello joven para un decapitador medieval.
Esa dimensión conversacional es uno de los primeros anacronismos
que sorprenden en estos diarios. (Otro, menor, del que parecen
separarnos siglos, es la increíble, adánica cantidad
de tiempo libre que tenía Bioy Casares, que además
de su obra literaria, nada escasa, sus viajes y sus conquistas
amorosas, menos escasas que su obra, podía darse el lujo
de llevar un diario con la regularidad de un cucú suizo.)
Hoy, convertidos en “personajes”, los escritores
charlan en público entre sí, o con críticos,
o periodistas, o editores, y exponen su competencia verbal en
arenas tan dispares como ferias del libro, coloquios, homenajes,
periódicos, programas de radio o de TV. No sé qué se
imagina la gente que hacen cuando están en privado, pero
seguro que charlando no. Para Bioy y Borges, en cambio, que conocieron
la pompa mediática pero nunca terminaron de sintonizar
del todo sus códigos, la conversación –como
la habitación de burdel para el burgués del siglo
XIX– lo era todo: confianza, intercambio, perversión
y, sobre todo, laboratorio secreto de una maldad desenfrenada.
Los amparaba una larga, prestigiosa tradición de dúos
parlantes: Boswell y el doctor Johnson, por supuesto, pero también
Goethe y Eckerman, Kafka y Janouch, Walser y Seelig... Sólo
que Borges y Bioy van mucho más lejos. Como sus antecesores
ilustres, hablan de literatura, glosan versos, debaten grandes
ideas, pero el plato fuerte que los pierde es el chisme, el ejercicio
sarcástico, la risueña denigración, obras
maestras de una pequeñez más digna de una peluquería
de barrio o de la mundanidad viperina de Andy Warhol que de la
noble tradición del siglo XVIII inglés.
La pregunta es: además de la confirmación de que
Bioy y Borges eran unos reverendos mandarines de la hipocresía, ¿qué hay
de realmente novedoso en la dilatada salida del closet que consignan
estos diarios? No, sin duda, el gusto borgeano por la injuria.
Ya eran vox populi el pulso y la puntería con los que
Borges –con su fragilidad, su bastón, su ceguera,
sus tartamudeos encantadores– practicaba tiro al blanco
con sus enemigos (en primer lugar el peronismo, bête noire
que no cesa de desafiar al tiempo cambiando de forma; después
los comunistas, el psicoanálisis, la literatura de vanguardia,
la vulgaridad, etc.). No sabíamos, en cambio, hasta qué punto
los empleaba también con sus amigos, con los colegas que
en público decía respetar, con los escritores cuyos
libros prologaba, con los poetas cuyos versos citaba de memoria,
con las mujeres de las que confesaba estar enamorado. (Su madre,
protegida aun por Bioy, es la única que sale indemne de
las 1650 páginas.) Y sin duda no sabíamos la venenosa
complicidad con que lo acompañaba Bioy, en cuya reserva –mucho
más genuinamente de clase que la de Borges– detectábamos
hasta ahora señales no tanto de rencor o de saña –afectos
demasiado “sucios”– como de la indiferencia
que podía suscitar en cualquier señorito de la
pampa húmeda argentina todo lo que no fuera él,
todo lo que no fuera como él. Borges es la crónica
minuciosa de una alianza absoluta, sin margen para la disidencia
(es Silvina Ocampo, mujer y rara, culpable de una literatura
decididamente excéntrica para el credo límpido
de Bioy y Borges, la que cada tanto se atreve a ensombrecer los
acuerdos masculinos con un reparo o un silencio), fundada a la
vez en el pudor extremo (no hablar explícitamente de sentimientos,
de sexo, de nada que resulte demasiado privado incluso para la
conversación privada) y en la desvergüenza extrema
(hablar con todas las letras de todo lo que se opone, obstaculiza
o simplemente afea el horizonte estético-ideológico
de la célula amistosa).
En rigor, esa especie de pacto de sangre ya había dado
y publicado algunos frutos, sólo que en el terreno de
la ficción: la obra excepcional, aunque esporádica,
de H. Bustos Domecq, seudónimo que Borges y Bioy habían
formado acoplando algunos apellidos familiares de segunda línea
y usado para firmar una serie de relatos barrocos, brutales,
a la vez obscenos y políticos. (En “La fiesta del
monstruo”, quizás el más célebre,
publicado como un panfleto clandestino durante el primer peronismo,
una muchedumbre que rumbea hacia una manifestación se
distrae un poco y carnea a un transeúnte judío
con un cortaplumas.) Más que un alias literario, Bustos
Domecq era un nombre de guerra. Les permitía escribir,
en una lengua que contradecía al máximo la pureza
patricia de la que practicaban, todo lo que sus identidades oficiales
de escritores les prohibía escribir. Nacido a principios
de los años ‘30, al calor de un folleto publicitario
sobre el yogur escrito a cuatro manos en la estancia láctea
de la madre de Bioy, ese alter ego permisivo y escatológico
es sin duda el precursor ficticio de la extraña bestia
de dos cabezas que Borges y Bioy forman en estos diarios. Porque
Borges, en efecto, es una feria de infamias joviales organizada
por un par de truhanes que sólo saben dos cosas: que no
los escucha nadie y nadie los castigará. Más que
agresivo, hay algo profundamente infantil, casi enternecedor,
por ejemplo, en el trance conjunto que los transporta cuando
resuelven con trampas y bajezas problemas “serios” de
traducción o de edición (es el caso de la famosa
antología Cuentos breves y extraordinarios: “Contemos
nosotros el episodio”, propone Bioy cuando no encuentran
la fuente de una leyenda india, “y se lo atribuimos a un
autor cualquiera”), en la despreocupación con que
bajan de un hondazo a los mejores poetas para reemplazarlos por
burócratas ilegibles (Oliverio Girondo por Arturo Capdevila
o ¡Menéndez y Pelayo!), en las regocijadas palizas
que propinan a los intocables (Shakespeare es un “amateur,
the divine amateur”, Goethe, “el mayor bluff de la
literatura”), en el deleite de mezclar lo sublime (Quevedo)
con lo bajo (los pedos, los pedos como “reclamos de putos
llamando a putos”), en el epíteto monomaníaco
(la frase “Es un bruto” le sirve a Borges para descalificar
cualquier cosa, desde escritores hasta presidentes), en la renovación
jocosa de estereotipos verbales (“En menos que... trepa
un cerdo/ suda un negro/ caga un feo/ nace un chino/ tarda un
rengo/ mira un tuerto”), y en la misoginia, el racismo
y todas las subespecies de la incorrección política
que dos niños modelo ejecutan sobre unas criaturas de
arcilla teniendo en mente todas las personas reales que la vida
adulta o diurna los obliga todos los días a saludar, a
sonreír, a elogiar.
Sólo hay dos momentos fuertes en que Bioy parece tomar
distancia de su amigo y, como si el pacto que los une quedara
en suspenso o él hubiera madurado de golpe, lo contempla
desde afuera. Uno, cuando nombra la condena boswelliana que pesa
sobre él: ser “el discípulo o alter ego de
Borges”, que “me cocina y me sumerge en la comparación”, “nefasta
para la difusión de mis libros y para que se me tome en
cuenta como escritor”. (Pero si Bioy fuera algo más
que un Boswell brillante, lo que ya es mucho decir, ¿por
qué su diario “sin Borges”, Descanso de caminantes,
parece, al lado de éste, de una fatuidad mediocre y sin
consuelo?). El otro momento es cuando está en juego la
vida sentimental de Borges, desdichada, irremediable, capaz de
suscitar en Bioy, un profesional de la prescindencia, uno de
los pocos impulsos “intervencionistas” que se permite
a lo largo del diario. Y está por supuesto la bella escena
del final, con Borges en Ginebra, separado del mundo por el cerco
de María Kodama, muerto, y Bioy en Buenos Aires, enterándose
de la suerte de su amigo en la calle, por boca de alguien a quien
ni siquiera conoce. “Pasé por el quiosco”,
escribe. “Fui a otro de Callao y Quintana, sintiendo que
eran mis primeros pasos en un mundo sin Borges.” El resto
es risa pura, la risa de los dos escritores argentinos con los
que desapareció otro anacronismo crucial, que todavía
no sabemos si seguir deplorando o ponernos a añorar: una
vida privada. La risa de dos monstruos que se dan la gran fiesta
a espaldas del planeta entero, entregados a una especie de revanchismo
ligero, homeopático, ni siquiera violento, que sabe que
cuenta con todo el tiempo del mundo porque mañana, una
vez más, “Come en casa Borges” y todo volverá a
empezar.
© Alan Pauls
Pagina/12, 2007
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