Soy un pianista fracasado. Este ser atraviesa
diversas etapas en su escalera al fracaso. Porque no todas
las escaleras llevan al éxito: están las que llevan
al fracaso y son iguales a las otras; con una sola diferencia,
uno baja por ellas, no sube. El p-f (pianista fracasado) tiene
una etapa elevada, ésa en la que está arriba de
la escalera, que debe medirse por la desmesura de sus sueños.
Quiere ser Horowitz o Sviastoslav Richter. Después entiende
que no y deja de estudiar. Su maestro le ha dicho: “Si
lo que querés es ser Horowitz, no creo que lo consigas”.
El p-f deviene pianista para su propio placer. Deviene pianista
hogareño. También sorprende en algunos lugares. “No
sabía que tocabas el piano” es el mayor elogio que
puede conseguir. Después advierte que cada día
toca peor. Después regala su piano y se resigna con escuchar
a los grandes pianistas, a los que nacieron para eso.
Cierta vez
me invitaron a un Festival de Cine Latinoamericano en Rotterdam.
Yo era el guionista de “Eva Perón” y
eso justificaba mi presencia en esa ciudad con olor a papas
fritas. Termina el Festival y advertimos (estaba con mi mujer)
que todavía
tenemos unos pesos: nos vamos a Amsterdam. Llegamos, hotel
y diario de la ciudad. Nuestra primera, inevitable inquietud
fue:
qué tocan en el Concertgebouw. Oh, sorpresa: tocaba
un pianista argentino. Su nombre: Sergio Tiempo. Y tocaba
nada menos
que el Tercero de Rachmaninoff, el más opulento y
posiblemente el más difícil de los conciertos
compuestos para el instrumento. Fuimos. Apareció Tiempo
y no venía
con las galas del tradicional virtuoso: tuxedo, camisa blanca
y moño negro. No, traía un pantalón
y una camisa medio abierta; casi, digamos, demasiado abierta. “Parece
Al Pacino en Scarface”, le dije a mi mujer. Varios
chistidos me llamaron al orden. Hay dos clases de asistentes
a los conciertos:
los que tosen y los que chistan. A los que tosen se les dice “los
tuberculosos”. Tosen, sobre todo, cuando termina algún
movimiento. Pero tosen también cuando se les canta.
Los que chistan son autoritarios. Le recuerdan a uno que
está en
un Templo por el que se pasean los espíritus de Mozart
o de Schumann y uno, a eso, le debe respeto: el respeto es
el silencio. Sergio Tiempo se ubicó ante el teclado,
apenas si manipuló su banqueta y miró al director.
Empezaron. El concierto de Rachmaninoff, que se estrenó en
Nueva York, a comienzos del siglo pasado, con Rachmaninoff
al piano
y Gustav Mahler dirigiendo la orquesta, es una poderosa partitura.
Creo que los dos mejores conciertos del siglo XX llevan el
número
tres: el tercero de Prokofiev y el tercero de Rachmaninoff.
(Acaba de salir un CD basado en esta teoría: los dos
número
tres, los dos Sergei, Rachmaninoff y Prokofiev, y la versión,
formidable, es de Pletnev y Rostropovich.) No hay pianista
que se precie que no decida afrontarlos. El que lo hace bien,
es
un grande. Sergio Tiempo arrasó. ¿Quién
era este argentino genial? De las dos cadenzas que Rachmaninoff
compuso (una pesada, llena de acordes imposibles, y otra
liviana cuya dificultad radica en que hay que tocarla a una
velocidad
inverosímil), Tiempo eligió la liviana y la
hizo como un vértigo.
Volvimos a Buenos Aires. Lo vimos
luego en dos festivales de Martha Argerich y ya sabíamos
mucho de él. Argerich
había sido su maestra y viven en Bruselas, cerca uno
del otro. Tocaron, a cuatro manos, La Valse de Ravel. Esta
obra maestra
desborda sabiduría conceptual. Ravel toma el vals
vienés
con la transparencia anterior a la guerra del 14 y luego
lo desfigura para expresar la cercanía del desastre
y el desastre mismo. Una vez escuché a Diego Fisherman
decir de Ravel: “Yo
no sé si ese tipo inventó algo, pero es un
genio”.
Entre las maravillas que compuso está Gaspard de la
nuit, de la que hablaremos. Argerich y Tiempo tocaron La
Valse en el
Gran Rex, no en el Colón, porque había un conflicto
gremial. Argerich (que es una de las mayores y más
puras glorias que este país tiene) tocó luego
un concierto de Mozart. Hacía un frío terrible
en el Gran Rex. Suerte que los conciertos de Mozart tienen
una considerable introducción
a cargo de la orquesta: pudo así nuestra Martha frotarse
los dedos y entrar en calor. Tocó el Nš 20 del genio
de Salzburgo. Sombrío como ninguno, el Nš 20 sorprende
por su tragicidad. Mi mujer me dice: “¿No estaría
fumado Mozart cuando compuso esto?”. Con frío
y todo, la Martha se despacha el concierto de cabo a rabo
con el
maravilloso don que le dio la Providencia.
Vuelvo a Sergio
Tiempo. Días atrás leo unas líneas
de Diego Fisherman, a quien siempre sigo porque, sencillamente,
sabe mucho. Anuncia que apareció un CD de Sergio Tiempo
con Cuadros de una exposición y Gaspard de la nuit.
Guau. Al día siguiente estoy en el sitio donde compro
mis CDs. Siempre me atiende un pibe que se llama Martín.
Martín
sabe todo. Dan ganas de amarlo. Te atiende y te enseña. “¿Qué versión
tiene del Quinteto de Schumann? Llegó una nueva. Tiene
que escucharla.” Meses atrás, tuve un shock.
Escuché,
por primera vez, la versión de Argerich de la Sonata
de Liszt. Escucho desde muy jovencito esta Sonata e incluso
le hice
jugar un papel importante en mi novela La astucia de la razón,
donde la tocaba un personaje de nombre Miguel Angel Estévez,
que era, sí, Miguel Angel Estrella y que me mandó,
luego de leer la novela, su versión, buenísima,
de la Sonata. Luego de escuchar la de Argerich fui a verlo
a Martín y le dije: “No sé cómo
pude vivir sin esto hasta ahora. Pero la versión de
Argerich es la mejor. Es mejor que la de Horowitz, que la
de Arrau, que
la de Donohue, que la Pletnev, que la de...” Mario
me interrumpe: “Pero, ¿no
lo sabía? Está considerada la mejor”.
Sonríe
feliz y dice: “Qué orgullo nuestra Martha, ¿no?” La
versión es de 1971. Es lo más grande y genial
que un pianista ha logrado con esa Sonata, que es la impecable
gloria
del piano. Está dedicada a Schumann y a Schumann no
le gustó. Eran muy distintos Liszt y Schumann. Liszt
puede ser altisonante, estentóreo, vacíamente
pirotécnico.
Schumann, jamás. Pero Liszt, en su Sonata, “toca
el cielo con las manos”. Esta es una frase de Jorge
D’Urbano,
que era un musicólogo muy pedante, pero a veces tenía
sentido escucharlo hablar. La Sonata tiene un pasaje, Allegro
energico, que se inicia con un tema cuasi religioso, cuasi
místico
(que aparece varias veces en la Sonata), pero en esta variación
(Liszt era un genio de las transformaciones temáticas)
se transforma en un “con passione” que ruge con
octavas en la mano derecha y acordes plenos, de cuatro notas,
en la izquierda.
Nunca la pasión romántica fue más elocuentemente
expresada. La versión de Argerich se atreve al desborde
de lo desbordante. Pero en ese torrente ni una nota se le
escapa, ni una nota dejamos de escucharle. Las octavas de
la mano derecha
tienen una velocidad y un vértigo y un ardor como
nadie les dio jamás. Es muy difícil ese pasaje.
Horowitz, pianista arbitrario que se interpreta a sí mismo
más
que a los compositores que aborda, lo hace mal. Pletnev,
lento. Donohue, académico. Geza Anda, que es un genio,
suena, aquí, envejecido. Horacio Gutiérrez
escatima pedal, lo toca stacatto, lo cual es imperdonable.
Y no sigo más.
Como si fuera poco, nuestra Martha es una mujer. Antes, las
mujeres (salvo Clara Wieck, la maravillosa mujer de Schumann,
que era
ella por sí misma y tenía locos a los dos genios:
a Schumann y a Brahms) tocaban Mozart, Bach. Argerich les
pasa el trapo a todos los machos del teclado. Nadie le dio
más
fuego y potencia a la grandiosa sonata de Liszt.
Vuelvo a
Sergio Tiempo y a Martín. Llego a la casa de
música, entro esperanzado y Martín no está.
Hay un pibe, de la edad de Martín, pero con aritos
y cara de nada. Pero no de nada: de nada, nada. Le pido el
CD de Sergio
Tiempo que acaba de salir, “está en EMI”,
le aclaro. “Espere”, me dice. Va a la computadora.
Mueve sus dedos sobre el teclado. No sé si vieron
a este tipo de ejemplares de la post-post-post-modernidad.
Tienen siempre
el labio inferior caído y un aburrimiento, no metafísico,
sino estratosférico. No están aquí.
No sé dónde
están. Pero aquí no. Me mira y dice: “¿Cómo
era el nombre?” “Sergio Tiempo”, digo. “¿Está seguro?” “Sí”.
Teclea, teclea, mira la pantalla. Dice: “No, no lo
tengo”.
Nervioso, pregunto: “¿No está Martín?” “¿Martín?” “Sí,
Martín. ¿No trabaja aquí Martín?” “Ah,
sí. Pero hoy no está. Venga mañana.” “¿Mañana
va a estar?” No me contesta y se va por ahí.
Salgo a la calle. Saccomanno está en Gessel. Belgrano
Rawson en San Luis. Mi mujer en La Plata, van a reponer “La
Traviata” en
el “Argentino”. Estoy solo como un perro. Mi
vida se quedó sin música y encima olvidé tomar
el antidepresivo con el desayuno. Subo a un taxi. El tipo
tiene la música a reventar. “¿Quiénes
son?”,
pregunto. “La Renga”, me dice. Pienso: No están
mal. Al rato estoy silbando.
© José Pablo Feinmann
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