A màs de sesenta años de su muerte
pienso que Carlitos Gardel tiene que haberse cruzado con Hemingway,
Scott Fitzgerald y Picasso. Tal vez en la Coupole de Montparnasse
o en los bares de la Place de Clichy. O bien en el Ritz, donde
iba a pedirle plata a madame Wakerfield, la gorda que financiaba
sus pelìculas. La televisiòn francesa se ocupò alguna
vez de Louis Gasnier, el director de las pelìculas que
Carlitos hizo en los estudios de Joinville. No era un improvisado,
como lo puede hacer pensar el resultado de su trabajo con el
cantor. Gasnier dirigiò al colosal Louis Jouvet en Topaze
y fue uno de los màs considerables realizadores franceses
de los años treinta.
¿Entonces por qué le salìan tan mal las pelìculas
de Gardel? Al parecer porque eran producciones de muy bajo
costo hechas a la apurada con libretos vacilantes y actores de poca
monta que Gasnier no debe haber tomado en serio. En esos dìas
el sonoro empezaba su carrera y para el cine, el castellano
era un idioma de salvajes. El propio Gardel, sorprendido por
el éxito
internacional a la edad en la que el colesterol sube y la vista
empieza a esfumarse, no se tenìa mucha confianza. Segùn
los poco testimonios dignos de fe, el cantor remò contra
la corriente también en Parìs. A su llegada,
el tango estaba pasado de moda. Arolas habìa muerto
o lo habìan matado; decenas de oportunistas y atorrantes
corrìan
detràs de los estancieros que llegaban a Francia con
la vaca en el barco.
Tocaba Canaro en las noches de Pigalle. También llegò Julio
De Caro y ya se habìa ido la Negra Bozàn. Al parecer
Hemingway fue a escucharlos una vez en la creencia de que también
los argentinos gustaban de las corridas y Colin, el barman del
Ritz, sueña de amurar el la pared de ese lugar venerable
una cabeza de toro con cuernos y todo. En los años veinte
algunos compadritos que habìan abandonado las orillas
de Buenos Aires para poner distancia con la policìa fracasaron
estruendosamente en Parìs. Reinaba Maurice Chevalier,
los franceses adoraban a Josephine Baker y habìa un tipo,
Le Petoman, que montaba un triunfal espectàculo de fuegos
artificiales con los gases que echaba por el trasero. Los fracasados
que no podìan regresar a Buenos Aires emigraban a paìses
casi vìrgenes para el tango, como Inglaterra y màs
tarde la Alemania nazi que volvìa a tener moneda fuerte.
El dueño del tango era un tal Manuel Pizarro, que viviò hasta
muy viejo en Niza y dio confuso testimonio sobre algo que nunca
soñò que entrarìa en la historia de los
argentinos: el debut de Gardel en Parìs.
El primer viaje del cantor a tierra francesa fue en 1923. Se
presentaba en Barcelona y Madrid y pensò que no estaba
de màs echarle un vistazo a la capital del mundo de la
cultura. Su paso fue fugaz y, depresivo como era, Gardel se volviò enseguida
a casa. Esa fecha es importante para las conjecturas que argentinos
y uruguayos tejen en torno del lugar de nacimiento del Zorzal.
Si Gardel era la misma persona que naciò en Toulouse el
11 de diciembre de 1890, hijo de Berthe Gardès y padre
desconocido, tiene que haberse detenido a visitar el lugar, pero
no hay pruebas de que lo haya hecho. Recién conociò Toulouse
años después, en los tiempos en que Berthe pasaba
largas temporadas con su familia. Pero en 1923, Carlitos tenìa
un pasaporte argentino en que decìa que habìa nacido
en Tacuarembò en 1887. La tesis oficial sostiene que se
hacìa pasar por uruguayo para escapar de una eventual
acusaciòn de desertor en Francia. Pero no explica por
qué, en lugar de quitarse años, como harìa
cualquier artista ya maduro, Gardel se agregò tres. La
hipòtesis uruguaya, mal enunciada por el periodista Erasmo
Silva Cabrera, ha sido retomada por otros estudiosos, sobre todo
Nelson Bayardo, quien ha leìdo varias ponencias en congresos
internacionales y se ganò el repudio y el desdén
de argentinos y franceses.
Eso solo ya deberìa hacerlo simpàtico a los ojos
del mundo. Bayardo ha trabajado siempre con documentos y declaraciones
de sus adversarios para que no puedan acusarlo de parcialidad.
Sabe que toda pista uruguaya serìa vetada en las otras
capitales gardelianas. El resultado de su trabajo es, al menos,
inquietante: varias fotografìas de Gardel que no provienen
de las pelìculas han sido trucadas a lo largo de los años.
Hasta la famosa apariciòn del famoso testamento manuscrito,
hecho a pedido de su tardìo amigo Armando Delfino, Gardel
jamàs se habìa dicho francés y sì uruguayo.
Las veces que menciona su edad hace remontar el nacimiento a
1883 o 1884. Isabel del Valle, su novia de siempre, ha contado
que él le llevaba veinte años, lo que sitùa
su muerte a los 52 y no a los 44. Uno de los testigos, un francés
de apellido Capot que lo conocìa de la infancia, defendiò la
nacionalidad francesa del ìdolo al mismo tiempo que admitìa
que era por lo menos tres años mayor que los proclamados
en el testamento. Capot ratificaba el nacimiento en Toulouse,
pero lo situaba en 1887. Pocos prestaron atenciòn a ese
detalle crucial: si Gardel era de 1887 no podìa ser
el mismo que figura en el acta de nacimiento de 1890.
De allì a la hipòtesis de dos personas para una
misma personalidad hay un paso y Bayardo no vacila en darlo.
Esa es la parte màs débil de la versiòn
uruguaya: si hubo otro, ¿qué se hizo de él? ¿Por
qué nadie recuerda haberlo visto? Pero las versiones sobre
el origen de Tacuarembò son tan peregrinas como las que
quieren un Gardel nacido en Toulouse. Entre ellos, el inglés
Colliers, biògrafo con autoridad en Buenos Aires. En 1920
el Morocho no hubiera sido considerado desertor, segùn
consta en un informe del consulado de Francia en México.
Desde muy joven Carlitos decìa ser nacido en la Banda
Oriental, pero quizàs fabulaba. Por qué no: en
una ocasiòn se presentò como siendo de Punta Arenas,
Chile y otra de Tucumàn, Argentina.
Lo cierto es que en 1928 llegò a Parìs, esperò su
oportunidad en un hotel sòrdido y anònimo y al
fin Pizzarro, perdido por perdido, le dio una oportunidad. Vestido
de gaucho, maquillado, Gardel subiò al escenario y matò.
Fue el primero que logrò que los franceses escucharan
un tango en lugar de bailarlo. En una semana todo Parìs
hablaba de él. Su apellido cantarìn se pronunciaba
a la perfecciòn en francés: las revistas de moda
lo ponìan en sus tapas, un gentìo se agolpaba para
escucharlo cantar esas tonadas incomprensibles pero tristes.
Sus honorarios se multiplicaron por cinco, por diez, por cien;
se mudò a un departamento señorial del 16 arrondissement,
el màs exclusivo de la ciudad, gastò fortunas en
telegramas con instrucciones a José Razzano para que jugara
a éste o aquel caballo, para que le comprara enteros de
loterìa y para que convenciera a Isabel del Valle de que
no valìa la pena esperarlo, que se olvbidar de él,
que nunca serìa un buen marido.
Ese es otro motivo de malestar en el mundillo gardeliano: ¿Era
el Zorzal un macho argentino, francés, uruguayo? ¿O
era homosexual como sugieren algunos detractores? No hay ninguna
constancia de que sus relaciones con los hombres hayan ido màs
allà de la amistad. Tampoco se ha podido probar que fuese
un entusiasta de las mujeres. No hay un solo testimonio cierto
de que el sexo tuviera importancia para él. La màs
plausible es que haya puesto la libido en otra cosa. En cultivar
la voz con un asombroso celo profesional o en aprender inglés
para alcanzar el sueño de competir con Ramòn Novarro
en la carrera de latin lover hollywoodense. Otro costado lindo
de Gardel es su modestia con los amigos menos afortunados y sus
versallescas exigencias a los empresarios. En Nueva York le ofrecieron
cantar en el mismo teatro que Al Jolson, pero a mitad de precio.
Pidiò diez veces màs, cinquenta mil dolares de
entonces y como no se lo dieron los mandò a cagar. “Se
creen que allà somos indios”, le dijo a su representante.
¿Agrandado Carlitos? Tal vez se haya sentido predestinado en algùn
momento de 1931, después de haber vendido ciento diez
mil discos en la temporada de Francia. El pùblico de
Buenos Aires recibiò la noticia con recelo y en el debut
lo dejò solo,
con apenas ocho filas completas. Le dio tanta bronca que no
volviò al
centro, ni siquiera para el estreno de sus pelìculas
que se dieron a sala colmada. Se atrincherò en Jean
Jaurés
al setecientos, en el Abasto. Saltò a Montevideo donde
lo llevaron en andas. Comprò un terreno en el balneario
de Colonia del Sacramento para hacerse una casa. Es de suponer
que planeaba una pausa o el retiro, aunque los caballos le
habìan
birlado casi todo lo ganado.
Tal vez como Borges, como Onetti, cometiò el pecado de
no ser feliz. Escapaba de sì mismo, de los misterios que
iba a dejar. Al parecer era un tipo del montòn con una
voz maravillosa. El mejor de todos. Al contrario de lo que se
usaba entonces en estas pampas, apostò y ganò.
La soledad de los argentinos hizo el resto. Una leyenda compañera.
Un mito perfecto.
© Osvaldo Soriano
Piratas, fantasmas y dinosaurios, Norma 1996
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