TQR 13: april 7, 2007

 

Carlitos

by Osvaldo Soriano

As boring as an elevator with no mirror, as a crash between turtles, as the table of one: the quarrel about the Carlos Gardel versatile nationality has turned into a steady analogy in the porteño repertory of wits. Luckily, it's Osvaldo Soriano who takes it up this time. Mister Soriano, from his exile in Paris, handles the question with regular disenchantment. We have been living without Osvaldo for ten years by now and things are getting heavy. Argentina men of letters, have honoured him in the "poisson à la figure" style, that's to say slapping their faces with fishes. In spite of our talent for this activity, we prefer to send Osvaldo a strong hug at that black cat heaven in which he's certainly been scoring celestial goals even to the Great Goalkeeper.

 


A màs de sesenta años de su muerte pienso que Carlitos Gardel tiene que haberse cruzado con Hemingway, Scott Fitzgerald y Picasso. Tal vez en la Coupole de Montparnasse o en los bares de la Place de Clichy. O bien en el Ritz, donde iba a pedirle plata a madame Wakerfield, la gorda que financiaba sus pelìculas. La televisiòn francesa se ocupò alguna vez de Louis Gasnier, el director de las pelìculas que Carlitos hizo en los estudios de Joinville. No era un improvisado, como lo puede hacer pensar el resultado de su trabajo con el cantor. Gasnier dirigiò al colosal Louis Jouvet en Topaze y fue uno de los màs considerables realizadores franceses de los años treinta.
¿Entonces por qué le salìan tan mal las pelìculas de Gardel? Al parecer porque eran producciones de muy bajo costo hechas a la apurada con libretos vacilantes y actores de poca monta que Gasnier no debe haber tomado en serio. En esos dìas el sonoro empezaba su carrera y para el cine, el castellano era un idioma de salvajes. El propio Gardel, sorprendido por el éxito internacional a la edad en la que el colesterol sube y la vista empieza a esfumarse, no se tenìa mucha confianza. Segùn los poco testimonios dignos de fe, el cantor remò contra la corriente también en Parìs. A su llegada, el tango estaba pasado de moda. Arolas habìa muerto o lo habìan matado; decenas de oportunistas y atorrantes corrìan detràs de los estancieros que llegaban a Francia con la vaca en el barco.
Tocaba Canaro en las noches de Pigalle. También llegò Julio De Caro y ya se habìa ido la Negra Bozàn. Al parecer Hemingway fue a escucharlos una vez en la creencia de que también los argentinos gustaban de las corridas y Colin, el barman del Ritz, sueña de amurar el la pared de ese lugar venerable una cabeza de toro con cuernos y todo. En los años veinte algunos compadritos que habìan abandonado las orillas de Buenos Aires para poner distancia con la policìa fracasaron estruendosamente en Parìs. Reinaba Maurice Chevalier, los franceses adoraban a Josephine Baker y habìa un tipo, Le Petoman, que montaba un triunfal espectàculo de fuegos artificiales con los gases que echaba por el trasero. Los fracasados que no podìan regresar a Buenos Aires emigraban a paìses casi vìrgenes para el tango, como Inglaterra y màs tarde la Alemania nazi que volvìa a tener moneda fuerte. El dueño del tango era un tal Manuel Pizarro, que viviò hasta muy viejo en Niza y dio confuso testimonio sobre algo que nunca soñò que entrarìa en la historia de los argentinos: el debut de Gardel en Parìs.
El primer viaje del cantor a tierra francesa fue en 1923. Se presentaba en Barcelona y Madrid y pensò que no estaba de màs echarle un vistazo a la capital del mundo de la cultura. Su paso fue fugaz y, depresivo como era, Gardel se volviò enseguida a casa. Esa fecha es importante para las conjecturas que argentinos y uruguayos tejen en torno del lugar de nacimiento del Zorzal. Si Gardel era la misma persona que naciò en Toulouse el 11 de diciembre de 1890, hijo de Berthe Gardès y padre desconocido, tiene que haberse detenido a visitar el lugar, pero no hay pruebas de que lo haya hecho. Recién conociò Toulouse años después, en los tiempos en que Berthe pasaba largas temporadas con su familia. Pero en 1923, Carlitos tenìa un pasaporte argentino en que decìa que habìa nacido en Tacuarembò en 1887. La tesis oficial sostiene que se hacìa pasar por uruguayo para escapar de una eventual acusaciòn de desertor en Francia. Pero no explica por qué, en lugar de quitarse años, como harìa cualquier artista ya maduro, Gardel se agregò tres. La hipòtesis uruguaya, mal enunciada por el periodista Erasmo Silva Cabrera, ha sido retomada por otros estudiosos, sobre todo Nelson Bayardo, quien ha leìdo varias ponencias en congresos internacionales y se ganò el repudio y el desdén de argentinos y franceses.
Eso solo ya deberìa hacerlo simpàtico a los ojos del mundo. Bayardo ha trabajado siempre con documentos y declaraciones de sus adversarios para que no puedan acusarlo de parcialidad. Sabe que toda pista uruguaya serìa vetada en las otras capitales gardelianas. El resultado de su trabajo es, al menos, inquietante: varias fotografìas de Gardel que no provienen de las pelìculas han sido trucadas a lo largo de los años. Hasta la famosa apariciòn del famoso testamento manuscrito, hecho a pedido de su tardìo amigo Armando Delfino, Gardel jamàs se habìa dicho francés y sì uruguayo. Las veces que menciona su edad hace remontar el nacimiento a 1883 o 1884. Isabel del Valle, su novia de siempre, ha contado que él le llevaba veinte años, lo que sitùa su muerte a los 52 y no a los 44. Uno de los testigos, un francés de apellido Capot que lo conocìa de la infancia, defendiò la nacionalidad francesa del ìdolo al mismo tiempo que admitìa que era por lo menos tres años mayor que los proclamados en el testamento. Capot ratificaba el nacimiento en Toulouse, pero lo situaba en 1887. Pocos prestaron atenciòn a ese detalle crucial: si Gardel era de 1887 no podìa ser el mismo que figura en el acta de nacimiento de 1890.
De allì a la hipòtesis de dos personas para una misma personalidad hay un paso y Bayardo no vacila en darlo. Esa es la parte màs débil de la versiòn uruguaya: si hubo otro, ¿qué se hizo de él? ¿Por qué nadie recuerda haberlo visto? Pero las versiones sobre el origen de Tacuarembò son tan peregrinas como las que quieren un Gardel nacido en Toulouse. Entre ellos, el inglés Colliers, biògrafo con autoridad en Buenos Aires. En 1920 el Morocho no hubiera sido considerado desertor, segùn consta en un informe del consulado de Francia en México. Desde muy joven Carlitos decìa ser nacido en la Banda Oriental, pero quizàs fabulaba. Por qué no: en una ocasiòn se presentò como siendo de Punta Arenas, Chile y otra de Tucumàn, Argentina.
Lo cierto es que en 1928 llegò a Parìs, esperò su oportunidad en un hotel sòrdido y anònimo y al fin Pizzarro, perdido por perdido, le dio una oportunidad. Vestido de gaucho, maquillado, Gardel subiò al escenario y matò. Fue el primero que logrò que los franceses escucharan un tango en lugar de bailarlo. En una semana todo Parìs hablaba de él. Su apellido cantarìn se pronunciaba a la perfecciòn en francés: las revistas de moda lo ponìan en sus tapas, un gentìo se agolpaba para escucharlo cantar esas tonadas incomprensibles pero tristes. Sus honorarios se multiplicaron por cinco, por diez, por cien; se mudò a un departamento señorial del 16 arrondissement, el màs exclusivo de la ciudad, gastò fortunas en telegramas con instrucciones a José Razzano para que jugara a éste o aquel caballo, para que le comprara enteros de loterìa y para que convenciera a Isabel del Valle de que no valìa la pena esperarlo, que se olvbidar de él, que nunca serìa un buen marido.
Ese es otro motivo de malestar en el mundillo gardeliano: ¿Era el Zorzal un macho argentino, francés, uruguayo? ¿O era homosexual como sugieren algunos detractores? No hay ninguna constancia de que sus relaciones con los hombres hayan ido màs allà de la amistad. Tampoco se ha podido probar que fuese un entusiasta de las mujeres. No hay un solo testimonio cierto de que el sexo tuviera importancia para él. La màs plausible es que haya puesto la libido en otra cosa. En cultivar la voz con un asombroso celo profesional o en aprender inglés para alcanzar el sueño de competir con Ramòn Novarro en la carrera de latin lover hollywoodense. Otro costado lindo de Gardel es su modestia con los amigos menos afortunados y sus versallescas exigencias a los empresarios. En Nueva York le ofrecieron cantar en el mismo teatro que Al Jolson, pero a mitad de precio. Pidiò diez veces màs, cinquenta mil dolares de entonces y como no se lo dieron los mandò a cagar. “Se creen que allà somos indios”, le dijo a su representante.
¿Agrandado Carlitos? Tal vez se haya sentido predestinado en algùn momento de 1931, después de haber vendido ciento diez mil discos en la temporada de Francia. El pùblico de Buenos Aires recibiò la noticia con recelo y en el debut lo dejò solo, con apenas ocho filas completas. Le dio tanta bronca que no volviò al centro, ni siquiera para el estreno de sus pelìculas que se dieron a sala colmada. Se atrincherò en Jean Jaurés al setecientos, en el Abasto. Saltò a Montevideo donde lo llevaron en andas. Comprò un terreno en el balneario de Colonia del Sacramento para hacerse una casa. Es de suponer que planeaba una pausa o el retiro, aunque los caballos le habìan birlado casi todo lo ganado.
Tal vez como Borges, como Onetti, cometiò el pecado de no ser feliz. Escapaba de sì mismo, de los misterios que iba a dejar. Al parecer era un tipo del montòn con una voz maravillosa. El mejor de todos. Al contrario de lo que se usaba entonces en estas pampas, apostò y ganò. La soledad de los argentinos hizo el resto. Una leyenda compañera. Un mito perfecto.

© Osvaldo Soriano
Piratas, fantasmas y dinosaurios, Norma 1996

 

 

 

 

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