La tecnología termina por cargarse todo
o –en realidad– por cagarse en todo. Fíjese
si no el caso de los fotógrafos de la rambla de la Bristol.
Yo tenía un amigo, Carlos Alberto Lucero –“Foto
Cacho”, para la historia– que laburó treinta
años en el veredón. En aquella época los
fotógrafos andaban con la cámara colgada al cuello
y un bastidor con muestras de su laburo, fotos blanco y negro
o coloreadas, a veces con personajes famosos, jugadores de fútbol
con bigotito, algún cantor irreconocible en malla... Y
de noche el fogonazo de los flashes, incluso el magnesio –no
sé si se acuerda– que hacía ¡pof! Ahora ése
es prácticamente un oficio perdido, como el de los fotógrafos
de plaza. Son personajes, como dice el mismo Cacho, “en
vías de extinción” y dignos del Animal
Channel.
En realidad quedan unos pocos de muestra, pero los turistas
en lugar de hacerse sacar fotos por ellos se las sacan con
ellos,
los usan como parte de paisaje, como los lobos de piedra o
el portero de la puerta del Casino. Claro que algunos de los
veteranos
sobrevivientes parecen hechos de piedra o de madera vieja,
carcomida por el mar, todavía con el sombrerito blanco y el nombre
bordado adelante: “Foto Tito”, “Foto Rubén”. “Absolutamente
impresentables”, como dice Cacho, que se la banca todavía
con un ambulante de garrapiñadas. Pero queda lo dicho:
los recagó la tecnología.
Claro que no siempre. Al principio, la novedad los benefició.
Cuando aparecieron las polaroids, esas cámaras que te
daban la foto en el momento, como en las cabinas para sacarse
fotos carnet, que fue lo primero, los muchachos de la rambla
durante un tiempo la juntaron con pala: los turistas, hartos
de que los curraran o de sospechar de que los currarían
con el verso del pago adelantado y la entrega de las copias en
el hotel que nunca se producía, confiaban más en
esa imagen inmediata. Claro que las polaroids eran más
caras y no eran fotos buenas. Uno apretaba y al ratito la máquina
escupía la imagen, iba saliendo, se coloreaba. Pero para
mí –y en eso coincido con Cacho– no eran fotos-fotos,
era como un jueguito, como los seamonkeys o el tamagochi... Y
fue el comienzo del final. Esas mierdas de las cámaras
digitales los terminaron de matar. Hoy cualquiera se saca sus
propias fotos. Y así salen, claro.
Con la música pasa algo parecido. Ahora ya no hay que
ir a escuchar a un lugar, sino que la gente, los pendejos sobre
todo, se la traen puesta. Y para música en vivo están
los espontáneos –que de espontáneos no deben
tener un carajo esos mafiosos– que se instalan todas las
noches en las escalinatas y ahí le dan y le dan, te guste
o no. Después pasan la gorra y hacen la diferencia. Son
rebusques y no digo que esté mal, pero hay cosas lindas
que se han perdido en ese sentido.
Antes, en la punta de la recova de la rambla del Casino que
da a la Popular, estaba la Confitería París. Toda
una institución. De ahí, cosa que mucha gente no
sabe, salió el negro Falucho Burgos, el salsero famoso.
En principio, la que recaló en la confitería fue
la vieja, Rosa Burgos, que laburaba de ayudante en la cocina
y el bar. Distribuía los ingredientes de a puñado
por platito, hacía licuados, servía las bochitas
de helado de dos gustos, esas boludeces. Y fue ella la que le
consiguió el primer laburo al pibe, que por entonces se
pasaba todo el día haciendo huevo en Punta Iglesia, apostando
en carreras de ida y vuelta a Gancia contra algún porteño
engrupido; porque el negrito tenía su lomo y era buen
nadador. La cuestión es que el primer trabajo estival
de Falucho fue en la París y por gestión de su
vieja, que de ese modo y de paso lo vigilaba. De martes a domingos,
a las siete de la tarde el pibe se sacaba la arena de las ojotas
y se ponía una chaqueta borravino para atender las mesas
llenas de turistas gasoleros.
La París ofrecía diariamente en su pequeño
escenario una serie de módicas atracciones, un elenco
estable al que se sumaban ocasionales artistas de segunda categoría
de paso por la ciudad que, tras dar la cara en Canal Ocho y la
voz a LU9, se hacían unos pesos en vivo en la París
para empatar los números del verano. Entre las formaciones
regulares que ocupaban diariamente el escenario de la París
estaba la jazz de Armando Blumetti con su crooner Dick Perry,
un petiso de bigotitos y voz minúscula. El sobrio Blumetti
cultivaba sin énfasis un repertorio de ramos generales
sólo limitado por los géneros que no tocaba; el
tango, patrimonio del dúo Confalonieri y D’Ecquarta,
bandoneón y guitarra que hacían milongas a mil,
persiguiéndose como perro y gato; y el tropical, especialidad
de Los Cocoteros. Estos movedizos morochos transitaban con entusiasmo
la senda abierta por los innovadores Wawancó y alternaban
ritmos limpios y machacones contiguos a la cumbia aún
no importada con el desparpajo intencionado de “El manotón”, “Cachito
no rompas los coquitos” y otras sutilezas. Sonaban bien.
El dueño –no de la confitería pero sí de
la gestión del espectáculo que albergaba– era
un oficial sobreviviente del “Graff Spee”, el inolvidable “Herr” Beer
Mayer. El alemán, distanciado de sus compañeros
agrupados desde el desembarco en la cercana Confitería
Munich por cuestiones del momento (político), se había
independizado, primero para convertirse en un excéntrico
musical conocido como “El silbador leporino” y
luego como promotor y representante de inmejorables berretadas.
Fue “Herr” Beer el primero en vislumbrar las aptitudes
artísticas de Falucho la noche que descubrió que
a Los Cocoteros les faltaba un paradójico negro para darle
color y credibilidad. Así que le cambió al jovencísimo
Falucho el saco por la camisa floreada, le dio un par de vainas
de porotos secos para que hiciera “percusión espontánea”,
según dijo, y le hizo repetir los coros que ya el joven
mozo sabía de memoria de escuchar el repertorio todas
las noches. Y ahí empezó todo.
Porque de algún modo todo lo que vino después,
hasta el éxito del pibe que lo llevaría a tocar
con Tito Puente, arranca de esa noche en que agitando los porotos
secos y moviendo la cintura Falucho se sumó desde un costado
al célebre estribillo: Colón, Colón... y
su hijo Cristobalito. El cambio de chaqueta por camisa tropical
y el hecho de trepar esos diez centímetros de escalón
que le permitieron subir al escenario fueron gestos definitivos
para un vuelco en su vida.
A lo que iba: todo eso hoy no hubiera sido posible con tanto
cambio tecnológico. No sé si me explico.
© Juan Sasturain
Escritos en la arena, Buenos Aires 2007
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