TQR 12: december 9, 2006

 

El arte del encuentro - I° parte

por Alejandro Agresti

Our nighbours who live north the Rio Grande Do Sul say that life is the art of encounter. Then, there is a Muse who governs the in and out traffic - concerning us, only the out. It's her we invoke when our tango-partner leaves us, it's always her we beg to make our ex-partner meet someone like Eubeba. For the Milongas for one year section, we publish here the first part of a story by Alejandro Agresti who, despite he's now working for the Walt Disney Corporation, truly represents the porteño spirit at its best.

 


La gloria nos esperò creyéndonos las mentiras. No saben el barullo que hicimos contando anédoctas de lo màs inverosìmiles. La Bibi tenìa la bolsa cargada de chucherìas que hace tiempo habìa comprado por el centro y repartìa regalitos, recuerdos y souvenires, se hacìa la modesta, quejàndose de lo ràpido que se nos habìa patinado la guita viajando por diecisiete paìses.
Nosotros nos avivamos a tiempo de no incluir en nuestro itinerario de ficciòn Alemania ni los paises que se dicen del Pacto de Varsovia. ¿Por qué? Don Héctor y Cardoso venìan amenazando repetidamente con largarse para allà con sus mujeres en una especie de segunda luna de miel.
Don Héctor era uno de esos tipos que, si uno los quiere, los perdona llamàndolos zurdo romàntico. Déle que romper las pelotas todos los dias con que los rusos llegaron a Venus y no se les quemò la càpsula, que llegaron a Marte y sacaron fotos en color, que para qué los americanos se fueron hasta la luna si los rusos ya traìan piedritas màs barato. Yo qué sé. El tipo nos mostraba libros en castellano impresos por los soviéticos y hasta nos los hacìa oler hablando de la calidad del papel, que no sé con qué poronga lo hacen allà. Con Cardoso eran amigos de años; casi hermanos, se podrìa decir. De vez en cuando se entreveraban en discusiones porque el dentista no es que odiara a los rojos, querìa pasarles el torno sin anestesia por el nervio infectado a los rosa pàlidos. Un dìa medio que se agarraron con problemas personales en la cabeza, y ante el asombro de todos, casi se fueron a las manos discutiendo por Fidel. Los separamos y no se hablaron por meses. Era una làstima. Cuando uno entraba, el otro se las tomaba por la otra puerta del Bar o se cambiaba de mesa. Sus gestos no eran de bronca, ponìan caras de nenes tristes, se hacìan los doloridos. Una anochecer, don Antonio no se banca màs la situaciòn e intercede. Empieza a mandarles indirectas y chistes hasta que logra hacerlos sonreìr. Consigue que los amigos se abracen y le pedìmos a Palacios un Chandòn, que, por supuesto, hubo que esperar como tres cuartos de hora a que lo fueran a comprar y le den el invernado ràpido.
Cardoso y don Héctor prometen no discutir màs de polìtica, y en cambio viajar un dìa juntos por los territorios en discusiòn e investigar la verdad de la milanesa con ojos propios e imparciales.
La mujer de don Héctor, queda mal por ahì decirlo, pero medio que no sé. Siempre tuvo pinta de bataclana. No es que fuera yo el ùnico que lo dijera. Esa impresiòn se la daba todo el mundo. Antes los hechos faciales, indumentarios y de contoneo al caminar, nadie ni siquiera se atrevìa a deslizarle al amigo la pregunta sobre de dònde la habìa sacado. No nos daba la cara, primero porque si uno abrìa la boca los demàs explotarìamos de risa; y, segundo, no cabìa mucha duda sobre el asunto. Nadie es perfecto. Y sobre gustos no hay nada escrito. Cuando la senòra pasaba de vez en cuando por el Bar nos besuqueaba de tal forma que debìamos secarnos la baba con el puño. Màs que saludarnos, sin darse cuenta nos escupìa. Le emanaba una especie de olor a pelo quemado espantoso y distintivo. Como si se depilara con un soldador. Don Héctor encima tenìa la manìa de mostràrnosla en ganador y pellizcarle un cacho el orto como para que todos la miren. Llamaba a la morocha, descaradamente, mi lechuguita o terroncito de azùcar. La verdad, que la presencia de ambos juntos nos ponìa incòmodos y el que podìa miraba el reloj y se daba el olivo.
Al llegar de Europa con la Bibi, los dos amigos nos contaron que en unos dìas finalmente se embarcarìan en aquel gran viaje.
Fuimos todos al aeropuerto. Justamente nosotros los acercamos con el Citroën a Cardoso y Marta. Nerviosos, nos preguntaban camino a Ezeiza detalles sobre el viaje en aviòn. Nosotros no tenìamos la màs puta idea y ahì de vuelta mi señora nos salva con su facilidad de palabra describiendo que la nave es como un micro pero un poco màs largo y al que no se le pueden abrir las ventanillas.
En el aeropuerto, ya todos juntos, don Héctor y la lechuguita no se hablan. La situaciòn està recontra tirante. Discuten algo sobre las valijas y don Héctor medio que la reputea enfrente de todos. Con la barra tratamos de minimizar los hechos y traquilizar la mano que nos envuelve en su vergüenza.
Se van. Suben la escalera mecànica, todos salimos afuera a esperar que el aviòn despegue. En los minutos siguientes sucede algo increìble de lo que no partecipo pero me consta.
El Héctor y su terroncito de azùcar se entran a cagar a sopapos en el interior de la aeronave. Las azafatas y oficiales de a bordo instan a calmarse a los mieleros de segunda mano. Dicen que no despegaràn hasta que apacigüen sus diferencias maritales. La señora, ante la sorpresa y desesperaciòn de Cardoso y Marta, contesta sin titubeos a la tripulaciòn.
- No se preocupen, salgàn nomàs, yo me bajo.
- Ma... andà, sì, bajàte, loca de mierda, mirà si me vàs a arruinar las vacaciones - replica con inquietante serenidad su esposo.
Desesperadamente, Marta trata de hacerla entrar en razòn.
- Pero Gladys, ¿qué hacés? ¿Estàs loca?
- Màs loca serà tu tìa, miràte còmo te venìs vestida para un viaje en aviòn.
- Dejàla, dejàla que se vaya, Marta, no ves que es una mal educada la letrina - defiende el mancebo a su terroncito de azùcar.
La cosa es que la tipa se manda a mudar, cierran la puerta y el aparato entra a carretear, ya unos metros màs cerca del Viejo Continente.
Nosotros, sonriendo bobalicones, tapàndonos el sol con la mano para ver al bicho còmo levanta vuelo, por el aroma a depilaciòn ràpida descubrimos a nuestra espaldas a quien deberìa irse adentro de lo que se està yendo.
De golpe, el viaje era de tres. Cardoso y Marta levantaron, muy a su pesar, el ànimo del amigo bolchevique rumbo a las estepas.

Bajaron en Munich. Allì los esperaban los dos motorhomes que desde acà habìan reservado. Anularon uno y don Héctor, haciéndose el que no le pasaba nada, se ofreciò, en retribuciòn al mal momento masticado, como chofer oficial para el resto del viaje.
Se comprò una carpita para no forzar la situaciòn y verse envuelto en el ajeno juego carnal y distensiòn muscular nocturna del espacio mòvil reducido del matrimonio amigo. Primero cruzaron la frontera a Checoslovaquia. Pasaron brevemente por Praga. Pasaron no tan brevemente por Budapest y de ahì, en Hungrìa, cruzaron a Rumania para su bien o para su mal.
Resulta que en el paìs de Ceausescu a uno le sellan en la frontera un papelito en el que le imponen por qué parte tiene que cruzar a Bulgaria. No se puede elegir el itinerario.
En el caso de los amigos, el destino aduanero pròximo debìa ser un pueblito medio pesado, que se llama casi como uno argentino, Calafat.
Hicieron unos cien kilòmetros hasta Timisuara, la primera ciudad. Rumania parece que no tenìa nada que ver ni con Hungrìa ni con Checoslovaquia.
Hasta ahì medio que don Héctor venìa ganando y Cardoso debìa reconocer que, por tratarse de paìses comunistas, la gente parecìa vivir bastante bien.
La ruta impuesta por las autoridades los alejaba de Bucarest.
El camino montañoso. Pueblos cercanos a la miseria. El ànimo de los vacacionantes se viene abajo. Gente en las rutas, medio atemorizadas de ser descubiertas por la policìa, rogaban a los turista encerrados en su impecable y moderno vehìculo alquilado en Alemania, que le tirasen algo de comida, dinero o ropa. Enternecidos, nuestros altruìstas compatriotas en tierras lejanas, subiendo y bajando valles, terminaron diseminando todas las latas de conserva, paquetes de café y hasta alguna que otra pilcha que les sobraba.
Al final ya no sabìan qué darles a los hambrientos. Mazos de cartas, esponjas para limpiar los vidrios, desodorante de ambiente, una caña de pescar, una virgencita de Lujàn de plàstico, biromes, pilas usadas y hasta un par de calzadores de zapato.
Màs livianos, siguieron rumbo a veinte por hora en subìda y ciento veinte en bajada. A la altura de Transilvania se pierden, medio por el mapa en alemàn, y medio por que el pueblo que buscaban para dormir no existe màs. Agotados, sin comida ni agua, secretamente arrepentidos de haber sido tan dadivosos, pegan el volantazo en la noche sin luna y se meten por el costado de la poceada y estrecha ruda hacia la oscuridad de un espacio ignoto.
Allì acampan y descubren que todavìa les queda algo en los armarios del moto-home. Dos botellas de whisky que adquirieron como potencial coima para agilizar el cruce de fronteras.
Queriéndose levantar el ànimo se maman con el estòmago vacìo. En el alma de don Héctor erupciona la reprimida congoja por la mujer que se le borrò. Se habìa cansado de manejar vichando por el espejìto en la ruta a miles de autos, que ilusionado, esperaba trajeran siguiéndolo, a su azùquita negra desesperada de arrepentimiento. Marta se compadece, beoda, y medio que entra a abrazarlo en el fogòn improvisado. En algùn lugar leì que los òrganos masculinos soportan un cuarenta por ciento mejor la ingestiòn de alcohol que sus contropartes del otro sexo. Cardoso se entra a molestar y llama la atenciòn a su mujer. Los tres se entran a agarrar a los gritos como anònimos microbios en el mismo espacio infinito y desconocido que descubrì junto a Bibi en Mar de Ajò. La joda termina mal.
A la mañana son despertados de la mona por un grupo de campesinos. Los turistas descubren que armaron el campamento en el medio de un sembradìo. Don Héctor, con la resaca palpitàndole en las sienes, sonrìe tratando de comunicarse con esos rostros curtidos y ariscos llamàndolos hermanos, alzando el puño de su brazo izquierdo y tarareàndoles La Internacional, a lo que los tipos amagan amenazantes con los hoces y los martillos. Se toman el raje regàlandoles unas zapatillas, el cricket del motor-home y el pasamagazines con dos de Sandro y uno del Trìo Los Panchos.
No se hablan. Tienen hambre. Don Héctor maneja dos horas y al fin, sobre una montaña, divisan las blancas contrucciones de un pueblito. Trepan en primera hasta allì. Curiosa y lista para tirar la manga, la gente sale de sus casas. No sospechan que ahora los mangueados van a ser ellos. Cardoso lee en el diccionario Español-Rumano que pan se dice Puin. Haciendo el gesto de llevarse la mano a la boca repite esta palabra y los lugareños se hacen los que no le entienden. De mala gana y con pose adusta, un muchachito les indica con el brazo el camino de vuelta gritàndoles “Timisuara”. No lo pueden creer, esa ciudad quedò atràs a trescientos kilòmetros. Para relativizar la desesperaciòn del momento, la Marta les saca fotos sin rollo con una Kodak de morondanga.
Bajan la montaña. Deciden seguir viaje lo màs rapidamente y salir en algunas horas de ese nefasto paìs, a provar con Bulgaria.
Se larga a llover con todo y el nuevo trecho es casi intransitable.
A las dos horas descubren otro pueblo y deciden intentar una vez màs. Entra los curiosos, siempre de bienvenida, un hombrecito uniformado de cartero les dice que si quieren comer lo sigan. Cierran el motor-home y se van detràs de él. El trayecto parece interminable, la espalda del hombrecito sudado y su carteròn de cuero cruzado se les fijarà para siempre y volverà a ellos en cada situaciòn de ansiedad futura. Cruzan las lomas de las ruinas de una usina accediendo a una callecita donde hay un bolichito con un amplio cartel pintado a mano sobre la puerta:
CARISMA
Se meten y el cartero, sin preguntar, se une al grupo para morfar con ellos. El lugar es de pelìcula, algo que sòlo el hambre puede sobrevivir. Quince o veinte mesitas con familias empilchaditas humildemente con lo mejor de lo peor. Un grabador patina hipnòtico escupiendo una versiòn resbalada y grave del Ave Marìa. Tres o cuatro chicas atienden medio vestidas de monja. El menù no se entiende. El cartero pide para los cuatro. Contentos ante la ansiada posibilidad de llenar el buche, medio que los amigos se destienden dispuestos a cicatrizar la herida. Sonrìen y Cardoso palmea, en un borròn y cuenta nueva, el hombro del amigo en crisis ideològica.
Una de las mozas de vestido blanco y negro es significativamente bonita. Tal vez sea el contraste con los otros monstruos que tiene de colega. Llamémosla Eubeba. Lo empieza a marcar a don Héctor tan obviamente que la situaciòn despierta risitas en los otros tres comensales.
- Che, Héctor, parece que està con vos - lo codea Cardoso justo cuando le ponen adelante de la nariz una especie de pizzeta con un queso blanco al que se le mueven cositas.
- Dejate de coder, no ves que les llamamos la atenciòn por las pilchas - retruca el amigo, justo cuando el cartero le sirve un vaso de una especie de Coca Cola espesa como champù.
- En serio, che, ¿no la ves? Te sonrìe...
Marta insiste, rescatando una papa frita blanda como poronga de muerto de las profundidades aceitosas de una fuente.
En sìntesis, se concentran en el idilio de Héctor y Eubeba para olvidarse de que estàn almorzando una peligrosa mierda. La niña tendrà unos veintetrés o veintecuatro años, es rubiecita, delgadita y de buen lomo. En un momento parece no aguantar màs y precipitàndose a la mesa, que no le toca atender, le agarra la mano a don Héctor y se la empieza a besar, chupàndole los dedos como pirulines. Le repite entre quejidos algo que onomatopéycamente suena màs o menos: Surum vi surum va upit sarturi conbu ñaca hamaca. Todos le sonrìen disimulando el erotismo al que inducen los vocablos, menos el halagado, que intenta librar sus garfios del sùbito y desesperado ataque de amor transilvànico. Pero esta especie de Dràcula del tacto y la succiòn digital llora y se retuerce poniéndosele de rodillas. Surum vi surum va upit sarturi conbu ñaca hamaca. Todos miran al cartero esperando por algùn tipo de traducciòn. Este no entrega mensaje, se rìe dicharechero y guiña un ojìto como còmplice de un incipiente noviazgo internacional. El Ave Marìa ralentado colabora con la pesadilla hasta que una especie de cocinera gorda y marimacho se viene al humo desde la cocina como un misil transoceànico y agarra de las mechas a Eubeba puteàndola en rumano y arrastràndola de vuelta a su reducto. La situaciòn indigna repentinamente a los degustadores de basura que observan, a través de las oxidadas estanterìas metàlicas que hacen de biombo con la cocina, còmo entre la gorda y otras dos tipas la cagan a tortazos a Eubeba, que se quiere escapar como en un dibujito animado, insistiendo en regresar a la mesa por su amado paciente el principe porteño. La situaciòn se repite media docena de veces. Eubeba parece ser masoquista o tener alma de puchimbol o buscar cirugìa estética barata. Viene, muestra moretones, besa, larga speech, la sacuden, la arrastran, la zarandean, la revientan a bifes, vuelve. Don Héctor se ve forzado a sonreìr y a arreglarse coqueto el cuello de la camisa.
- Debo confesar que esto a mì nunca me pasò.
- El amor es asì, dos almas inesperadamente se encuentran aunque Dios las hayas hecho nacer a veinte mil kilòmetros de distancia.
Emocionada, Marta intelectualiza la sangre que le sale de la nariz a la dulce mesera disfrazada de madre superiora de corso.
- El tormento de no hablar idiomas. Si al menos entendiera su propuesta. Si pudiera hacerme eco de su eventual necesidad...
- Es claro, Héctor, se te està tirando, la atraés y punto, son cosas que pasan, cuando està escrito està escrito, viejo...
El cartero lo mira a Cardoso y, como si entendiera, se tapa la boca para no escupir con la risa los rùsticos manjares.
Mientras tanto, en el mismo momento, en San Cristòbal, el comentario del rengo nos sacude cual golpe eléctrico. Lo ha visto a la Gladys lechuguear con el Turco del mercadito. Mi ahora concuñado y ocasional vecino de la pareja momentàneamente dividida por el ocèano, ha visto la noche anterior introducirse al comerciante junto a la adùltera en el departamento de ésta.
El hecho en sì no brinda màs que la verificaciòn respecto de la moralidad de la susodicha dama. La transcripciòn de los zapateos y gritillos de coito hasta altas horas de la madrugada, con la entrecortada dicciòn del Rengo, amenizan el cruel relato del impune engaño de que es vìctima el amigo ausente en excursiòn educativa. En otras palabras, lo estàn cuerneando alevosamente y sin compasiòn.
En zurpete, asì se llama el pueblito anònimo perdido entre los valles de Transilvania, pagaron la cuenta y tratan de irse. Tratan porque Eubeba se le agarra del brazo a Héctor y se tira al suelo Surum vi surum va upit sarturi conbu ñaca hamaca... Todo es un papelòn, no sabe si darle guita o anotarle el teléfono.
Logran salir del local observando como ùltima imagen a Eubeba, que es frenada por las cuatro colegas en el intento de hundirse en el abdomen un gigantesco cuchillo.
Don Héctor sonrìe tratando en vano de ocultar su orgullo.
- Son cosas que pasan. Uno al fin y al cabo no es tan desagradable.
- Le debés hacer acordar a alguien - Cardoso trata de frenarlo, un poquitìn celoso.
- ¿Te parece? Mirà que me han dicho que estas pasiones al primer encuentro se suelen dar.
De noche cruzan el Danubio, a Bulgaria. En el ferry, con Marta durmiendo atràs la indigestiòn, los dos amigos chupan una laxanta tradicional botella de vodka de papa Pitushki y se dan maquina con la cada vez màs hermosa y dulce criatura que dejaron atràs con el corazòn sangrante.
- ¿Por qué me tiene que pasar esto justo ahora?
- No sé, Héctor, no hacemos el destino; te hubieras quedado para averiguarlo. El amor verdadero asoma sin alardes, como el sol, las estrellas, como algo natural que obedece a un orden còsmico sòlo desafiado por el terror humano.
- Parà, boludo, ¿qué querés? ¿Que largue todo por una mocosa? Tengo una mujer que me espera. No la puedo cagar.
- No te digo eso, no seas tremendista, pero... ¿Cuando vas a encontrar otra mina que se te regale asì? Vos te diste cuenta còmo te miraba, el amor le salìa por los poros, esta gente es muy intuitiva, se manejan en una frecuencia muy ajena a la nuestra. Acà no es joda, vos te reìs, pero lo de el Conde Dràcula y toda esa historia màs que una leyenda es una alegorìa a verdades ètnicas de por acà que son extremadamente sofisticadas y profundas.
- Vos me estàs cargando...
- Te juro que no...
- ¿Qué querés decir con eso? ¿Qué minga tiene que ver que es rumana y eso de chupar sangre? ¿Vos te pensàs que es la ùnica pendeja que me puede llegar a dar bola?
- Y...
- Salì, yo te llevarìa a la fàbrica para que vieras còmo me marcan algunas.
- ¿Algunas qué, Héctor? Engrupite vos pero no me engrupas a mì. No me digas que se te cuelgan pidiéndote por favor asì como ésta.
- No te creas, eh... Es el verso, la labia.
- ¿Qué decìs? Largà el vodka, si en la mesa no embocaste palabra.
- Vos no entendés, es que existe otro tipo de comunicaciòn propio de almas sensibles. Yo ando dolorido por este quilombo con mi jermu y eso se me emana y la mina lo recibe desde su mambo que, salvando las distancias de edad y geografìa, alguna similitud ha de tener.
Divisan, envueltas en la bruma, las lucecitas del otro lado del rio azul como el vals pero marròn oscuro cual la otra cosa. Un silencio melancòlico transita en comuniòn las almas de los compañeros de toda la vida.
- ¿Te parece que està conmigo?
- Ponéle la firma. Te fuiste al mazo, hermano. Zurpete, Zurdo al cuete...

(a seguir)

© Alejandro Agresti
La sonrisa no basta - 1997

 

 

 

 

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