La gloria nos esperò creyéndonos
las mentiras. No saben el barullo que hicimos contando anédoctas
de lo màs inverosìmiles. La Bibi tenìa la
bolsa cargada de chucherìas que hace tiempo habìa
comprado por el centro y repartìa regalitos, recuerdos
y souvenires, se hacìa la modesta, quejàndose de
lo ràpido que se nos habìa patinado la guita viajando
por diecisiete paìses.
Nosotros nos avivamos a tiempo de no incluir en nuestro itinerario
de ficciòn Alemania ni los paises que se dicen del Pacto
de Varsovia. ¿Por qué? Don Héctor y Cardoso
venìan amenazando repetidamente con largarse para allà con
sus mujeres en una especie de segunda luna de miel.
Don Héctor era uno de esos tipos que, si uno los quiere,
los perdona llamàndolos zurdo romàntico. Déle
que romper las pelotas todos los dias con que los rusos llegaron
a Venus y no se les quemò la càpsula, que llegaron
a Marte y sacaron fotos en color, que para qué los americanos
se fueron hasta la luna si los rusos ya traìan piedritas
màs barato. Yo qué sé. El tipo nos mostraba
libros en castellano impresos por los soviéticos y hasta
nos los hacìa oler hablando de la calidad del papel, que
no sé con qué poronga lo hacen allà. Con
Cardoso eran amigos de años; casi hermanos, se podrìa
decir. De vez en cuando se entreveraban en discusiones porque
el dentista no es que odiara a los rojos, querìa pasarles
el torno sin anestesia por el nervio infectado a los rosa pàlidos.
Un dìa medio que se agarraron con problemas personales
en la cabeza, y ante el asombro de todos, casi se fueron a las
manos discutiendo por Fidel. Los separamos y no se hablaron por
meses. Era una làstima. Cuando uno entraba, el otro se
las tomaba por la otra puerta del Bar o se cambiaba de mesa.
Sus gestos no eran de bronca, ponìan caras de nenes tristes,
se hacìan los doloridos. Una anochecer, don Antonio no
se banca màs la situaciòn e intercede. Empieza
a mandarles indirectas y chistes hasta que logra hacerlos sonreìr.
Consigue que los amigos se abracen y le pedìmos a Palacios
un Chandòn, que, por supuesto, hubo que esperar como tres
cuartos de hora a que lo fueran a comprar y le den el invernado
ràpido.
Cardoso y don Héctor prometen no discutir màs de
polìtica, y en cambio viajar un dìa juntos por
los territorios en discusiòn e investigar la verdad
de la milanesa con ojos propios e imparciales.
La mujer de don Héctor, queda mal por ahì decirlo,
pero medio que no sé. Siempre tuvo pinta de bataclana.
No es que fuera yo el ùnico que lo dijera. Esa impresiòn
se la daba todo el mundo. Antes los hechos faciales, indumentarios
y de contoneo al caminar, nadie ni siquiera se atrevìa
a deslizarle al amigo la pregunta sobre de dònde la habìa
sacado. No nos daba la cara, primero porque si uno abrìa
la boca los demàs explotarìamos de risa; y, segundo,
no cabìa mucha duda sobre el asunto. Nadie es perfecto.
Y sobre gustos no hay nada escrito. Cuando la senòra pasaba
de vez en cuando por el Bar nos besuqueaba de tal forma que debìamos
secarnos la baba con el puño. Màs que saludarnos,
sin darse cuenta nos escupìa. Le emanaba una especie de
olor a pelo quemado espantoso y distintivo. Como si se depilara
con un soldador. Don Héctor encima tenìa la manìa
de mostràrnosla en ganador y pellizcarle un cacho el orto
como para que todos la miren. Llamaba a la morocha, descaradamente,
mi lechuguita o terroncito de azùcar. La verdad, que la
presencia de ambos juntos nos ponìa incòmodos y
el que podìa miraba el reloj y se daba el olivo.
Al llegar de Europa con la Bibi, los dos amigos nos contaron
que en unos dìas finalmente se embarcarìan en
aquel gran viaje.
Fuimos todos al aeropuerto. Justamente nosotros los acercamos
con el Citroën a Cardoso y Marta. Nerviosos, nos preguntaban
camino a Ezeiza detalles sobre el viaje en aviòn. Nosotros
no tenìamos la màs puta idea y ahì de vuelta
mi señora nos salva con su facilidad de palabra describiendo
que la nave es como un micro pero un poco màs largo
y al que no se le pueden abrir las ventanillas.
En el aeropuerto, ya todos juntos, don Héctor y la lechuguita
no se hablan. La situaciòn està recontra tirante.
Discuten algo sobre las valijas y don Héctor medio que
la reputea enfrente de todos. Con la barra tratamos de minimizar
los hechos y traquilizar la mano que nos envuelve en su vergüenza.
Se van. Suben la escalera mecànica, todos salimos afuera
a esperar que el aviòn despegue. En los minutos siguientes
sucede algo increìble de lo que no partecipo pero me
consta.
El Héctor y su terroncito de azùcar se entran a
cagar a sopapos en el interior de la aeronave. Las azafatas y
oficiales de a bordo instan a calmarse a los mieleros de segunda
mano. Dicen que no despegaràn hasta que apacigüen
sus diferencias maritales. La señora, ante la sorpresa
y desesperaciòn de Cardoso y Marta, contesta sin titubeos
a la tripulaciòn.
- No se preocupen, salgàn nomàs, yo me bajo.
- Ma... andà, sì, bajàte, loca de mierda,
mirà si me vàs a arruinar las vacaciones - replica
con inquietante serenidad su esposo.
Desesperadamente, Marta trata de hacerla entrar en razòn.
- Pero Gladys, ¿qué hacés? ¿Estàs
loca?
- Màs loca serà tu tìa, miràte còmo
te venìs vestida para un viaje en aviòn.
- Dejàla, dejàla que se vaya, Marta, no ves que
es una mal educada la letrina - defiende el mancebo a su terroncito
de azùcar.
La cosa es que la tipa se manda a mudar, cierran la puerta
y el aparato entra a carretear, ya unos metros màs cerca
del Viejo Continente.
Nosotros, sonriendo bobalicones, tapàndonos el sol con
la mano para ver al bicho còmo levanta vuelo, por el aroma
a depilaciòn ràpida descubrimos a nuestra espaldas
a quien deberìa irse adentro de lo que se està yendo.
De golpe, el viaje era de tres. Cardoso y Marta levantaron,
muy a su pesar, el ànimo del amigo bolchevique rumbo a las
estepas.
Bajaron en Munich. Allì los esperaban los dos
motorhomes que desde acà habìan reservado. Anularon
uno y don Héctor, haciéndose el que no le pasaba
nada, se ofreciò, en retribuciòn al mal momento
masticado, como chofer oficial para el resto del viaje.
Se comprò una carpita para no forzar la situaciòn
y verse envuelto en el ajeno juego carnal y distensiòn
muscular nocturna del espacio mòvil reducido del matrimonio
amigo. Primero cruzaron la frontera a Checoslovaquia. Pasaron
brevemente por Praga. Pasaron no tan brevemente por Budapest
y de ahì, en Hungrìa, cruzaron a Rumania para
su bien o para su mal.
Resulta que en el paìs de Ceausescu a uno le sellan en
la frontera un papelito en el que le imponen por qué parte
tiene que cruzar a Bulgaria. No se puede elegir el itinerario.
En el caso de los amigos, el destino aduanero pròximo
debìa ser un pueblito medio pesado, que se llama casi
como uno argentino, Calafat.
Hicieron unos cien kilòmetros hasta Timisuara, la primera
ciudad. Rumania parece que no tenìa nada que ver ni con
Hungrìa ni con Checoslovaquia.
Hasta ahì medio que don Héctor venìa ganando
y Cardoso debìa reconocer que, por tratarse de paìses
comunistas, la gente parecìa vivir bastante bien.
La ruta impuesta por las autoridades los alejaba de Bucarest.
El camino montañoso. Pueblos cercanos a la miseria.
El ànimo
de los vacacionantes se viene abajo. Gente en las rutas,
medio atemorizadas de ser descubiertas por la policìa,
rogaban a los turista encerrados en su impecable y moderno
vehìculo
alquilado en Alemania, que le tirasen algo de comida, dinero
o ropa. Enternecidos, nuestros altruìstas compatriotas
en tierras lejanas, subiendo y bajando valles, terminaron
diseminando todas las latas de conserva, paquetes de café y
hasta alguna que otra pilcha que les sobraba.
Al final ya no sabìan qué darles a los hambrientos.
Mazos de cartas, esponjas para limpiar los vidrios, desodorante
de ambiente, una caña de pescar, una virgencita de Lujàn
de plàstico, biromes, pilas usadas y hasta un par de
calzadores de zapato.
Màs livianos, siguieron rumbo a veinte por hora en
subìda
y ciento veinte en bajada. A la altura de Transilvania se
pierden, medio por el mapa en alemàn, y medio por
que el pueblo que buscaban para dormir no existe màs.
Agotados, sin comida ni agua, secretamente arrepentidos de
haber sido tan
dadivosos, pegan el volantazo en la noche sin luna y se meten
por el costado
de la poceada y estrecha ruda hacia la oscuridad de un espacio
ignoto.
Allì acampan y descubren que todavìa les queda
algo en los armarios del moto-home. Dos botellas de whisky
que adquirieron como potencial coima para agilizar el cruce
de fronteras.
Queriéndose levantar el ànimo se maman con el estòmago
vacìo. En el alma de don Héctor erupciona la reprimida
congoja por la mujer que se le borrò. Se habìa
cansado de manejar vichando por el espejìto en la ruta
a miles de autos, que ilusionado, esperaba trajeran siguiéndolo,
a su azùquita negra desesperada de arrepentimiento. Marta
se compadece, beoda, y medio que entra a abrazarlo en el fogòn
improvisado. En algùn lugar leì que los òrganos
masculinos soportan un cuarenta por ciento mejor la ingestiòn
de alcohol que sus contropartes del otro sexo. Cardoso se entra
a molestar y llama la atenciòn a su mujer. Los tres se
entran a agarrar a los gritos como anònimos microbios
en el mismo espacio infinito y desconocido que descubrì junto
a Bibi en Mar de Ajò. La joda termina mal.
A la mañana son despertados de la mona por un grupo de
campesinos. Los turistas descubren que armaron el campamento
en el medio de un sembradìo. Don Héctor, con la
resaca palpitàndole en las sienes, sonrìe tratando
de comunicarse con esos rostros curtidos y ariscos llamàndolos
hermanos, alzando el puño de su brazo izquierdo y tarareàndoles
La Internacional, a lo que los tipos amagan amenazantes con los
hoces y los martillos. Se toman el raje regàlandoles unas
zapatillas, el cricket del motor-home y el pasamagazines con
dos de Sandro y uno del Trìo Los Panchos.
No se hablan. Tienen hambre. Don Héctor maneja dos
horas y al fin, sobre una montaña, divisan las blancas
contrucciones de un pueblito. Trepan en primera hasta allì.
Curiosa y lista para tirar la manga, la gente sale de sus
casas. No sospechan
que ahora los mangueados van a ser ellos. Cardoso lee en
el diccionario Español-Rumano que pan se dice Puin.
Haciendo el gesto de llevarse la mano a la boca repite esta
palabra y los lugareños
se hacen los que no le entienden. De mala gana y con pose
adusta, un muchachito les indica con el brazo el camino de
vuelta gritàndoles “Timisuara”.
No lo pueden creer, esa ciudad quedò atràs
a trescientos kilòmetros. Para relativizar la desesperaciòn
del momento, la Marta les saca fotos sin rollo con una Kodak
de morondanga.
Bajan la montaña. Deciden seguir viaje lo màs rapidamente
y salir en algunas horas de ese nefasto paìs, a provar
con Bulgaria.
Se larga a llover con todo y el nuevo trecho es casi intransitable.
A las dos horas descubren otro pueblo y deciden intentar
una vez màs. Entra los curiosos, siempre de bienvenida,
un hombrecito uniformado de cartero les dice que si quieren
comer
lo sigan. Cierran el motor-home y se van detràs de él.
El trayecto parece interminable, la espalda del hombrecito
sudado y su carteròn de cuero cruzado se les fijarà para
siempre y volverà a ellos en cada situaciòn
de ansiedad futura. Cruzan las lomas de las ruinas de una
usina
accediendo a una callecita donde hay un bolichito con un
amplio cartel pintado a mano sobre la puerta:
CARISMA
Se meten y el cartero, sin preguntar, se une al grupo para
morfar con ellos. El lugar es de pelìcula, algo que sòlo
el hambre puede sobrevivir. Quince o veinte mesitas con familias
empilchaditas humildemente con lo mejor de lo peor. Un grabador
patina hipnòtico escupiendo una versiòn resbalada
y grave del Ave Marìa. Tres o cuatro chicas atienden medio
vestidas de monja. El menù no se entiende. El cartero
pide para los cuatro. Contentos ante la ansiada posibilidad de
llenar el buche, medio que los amigos se destienden dispuestos
a cicatrizar la herida. Sonrìen y Cardoso palmea, en un
borròn y cuenta nueva, el hombro del amigo en crisis ideològica.
Una de las mozas de vestido blanco y negro es significativamente
bonita. Tal vez sea el contraste con los otros monstruos
que tiene de colega. Llamémosla Eubeba. Lo empieza a marcar
a don Héctor tan obviamente que la situaciòn
despierta risitas en los otros tres comensales.
- Che, Héctor, parece que està con vos - lo
codea Cardoso justo cuando le ponen adelante de la nariz
una especie
de pizzeta con un queso blanco al que se le mueven cositas.
- Dejate de coder, no ves que les llamamos la atenciòn
por las pilchas - retruca el amigo, justo cuando el cartero le
sirve un vaso de una especie de Coca Cola espesa como champù.
- En serio, che, ¿no la ves? Te sonrìe...
Marta insiste, rescatando una papa frita blanda como poronga
de muerto de las profundidades aceitosas de una fuente.
En sìntesis, se concentran en el idilio de Héctor
y Eubeba para olvidarse de que estàn almorzando una peligrosa
mierda. La niña tendrà unos veintetrés o
veintecuatro años, es rubiecita, delgadita y de buen lomo.
En un momento parece no aguantar màs y precipitàndose
a la mesa, que no le toca atender, le agarra la mano a don Héctor
y se la empieza a besar, chupàndole los dedos como pirulines.
Le repite entre quejidos algo que onomatopéycamente suena
màs o menos: Surum vi surum va upit sarturi conbu ñaca
hamaca. Todos le sonrìen disimulando el erotismo al que
inducen los vocablos, menos el halagado, que intenta librar sus
garfios del sùbito y desesperado ataque de amor transilvànico.
Pero esta especie de Dràcula del tacto y la succiòn
digital llora y se retuerce poniéndosele de rodillas.
Surum vi surum va upit sarturi conbu ñaca hamaca. Todos
miran al cartero esperando por algùn tipo de traducciòn.
Este no entrega mensaje, se rìe dicharechero y guiña
un ojìto como còmplice de un incipiente noviazgo
internacional. El Ave Marìa ralentado colabora con la
pesadilla hasta que una especie de cocinera gorda y marimacho
se viene al humo desde la cocina como un misil transoceànico
y agarra de las mechas a Eubeba puteàndola en rumano y
arrastràndola de vuelta a su reducto. La situaciòn
indigna repentinamente a los degustadores de basura que observan,
a través de las oxidadas estanterìas metàlicas
que hacen de biombo con la cocina, còmo entre la gorda
y otras dos tipas la cagan a tortazos a Eubeba, que se quiere
escapar como en un dibujito animado, insistiendo en regresar
a la mesa por su amado paciente el principe porteño. La
situaciòn se repite media docena de veces. Eubeba parece
ser masoquista o tener alma de puchimbol o buscar cirugìa
estética barata. Viene, muestra moretones, besa, larga
speech, la sacuden, la arrastran, la zarandean, la revientan
a bifes, vuelve. Don Héctor se ve forzado a sonreìr
y a arreglarse coqueto el cuello de la camisa.
- Debo confesar que esto a mì nunca me pasò.
- El amor es asì, dos almas inesperadamente se encuentran
aunque Dios las hayas hecho nacer a veinte mil kilòmetros
de distancia.
Emocionada, Marta intelectualiza la sangre que le sale de
la nariz a la dulce mesera disfrazada de madre superiora
de corso.
- El tormento de no hablar idiomas. Si al menos entendiera
su propuesta. Si pudiera hacerme eco de su eventual necesidad...
- Es claro, Héctor, se te està tirando, la atraés
y punto, son cosas que pasan, cuando està escrito està escrito,
viejo...
El cartero lo mira a Cardoso y, como si entendiera, se tapa
la boca para no escupir con la risa los rùsticos manjares.
Mientras tanto, en el mismo momento, en San Cristòbal,
el comentario del rengo nos sacude cual golpe eléctrico.
Lo ha visto a la Gladys lechuguear con el Turco del mercadito.
Mi ahora concuñado y ocasional vecino de la pareja momentàneamente
dividida por el ocèano, ha visto la noche anterior introducirse
al comerciante junto a la adùltera en el departamento
de ésta.
El hecho en sì no brinda màs que la verificaciòn
respecto de la moralidad de la susodicha dama. La transcripciòn
de los zapateos y gritillos de coito hasta altas horas de
la madrugada, con la entrecortada dicciòn del Rengo,
amenizan el cruel relato del impune engaño de que
es vìctima
el amigo ausente en excursiòn educativa. En otras
palabras, lo estàn cuerneando alevosamente y sin compasiòn.
En zurpete, asì se llama el pueblito anònimo perdido
entre los valles de Transilvania, pagaron la cuenta y tratan
de irse. Tratan porque Eubeba se le agarra del brazo a Héctor
y se tira al suelo Surum vi surum va upit sarturi conbu ñaca
hamaca... Todo es un papelòn, no sabe si darle guita o
anotarle el teléfono.
Logran salir del local observando como ùltima imagen
a Eubeba, que es frenada por las cuatro colegas en el intento
de
hundirse en el abdomen un gigantesco cuchillo.
Don Héctor sonrìe tratando en vano de ocultar
su orgullo.
- Son cosas que pasan. Uno al fin y al cabo no es tan desagradable.
- Le debés hacer acordar a alguien - Cardoso trata de
frenarlo, un poquitìn celoso.
- ¿Te parece? Mirà que me han dicho que estas
pasiones al primer encuentro se suelen dar.
De noche cruzan el Danubio, a Bulgaria. En el ferry, con
Marta durmiendo atràs la indigestiòn, los dos amigos
chupan una laxanta tradicional botella de vodka de papa Pitushki
y se dan maquina con la cada vez màs hermosa y dulce criatura
que dejaron atràs con el corazòn sangrante.
- ¿Por qué me tiene que pasar esto justo ahora?
- No sé, Héctor, no hacemos el destino; te hubieras
quedado para averiguarlo. El amor verdadero asoma sin alardes,
como el sol, las estrellas, como algo natural que obedece a un
orden còsmico sòlo desafiado por el terror humano.
- Parà, boludo, ¿qué querés? ¿Que
largue todo por una mocosa? Tengo una mujer que me espera.
No la puedo cagar.
- No te digo eso, no seas tremendista, pero... ¿Cuando
vas a encontrar otra mina que se te regale asì? Vos te
diste cuenta còmo te miraba, el amor le salìa por
los poros, esta gente es muy intuitiva, se manejan en una frecuencia
muy ajena a la nuestra. Acà no es joda, vos te reìs,
pero lo de el Conde Dràcula y toda esa historia màs
que una leyenda es una alegorìa a verdades ètnicas
de por acà que son extremadamente sofisticadas y profundas.
- Vos me estàs cargando...
- Te juro que no...
- ¿Qué querés decir con eso? ¿Qué minga
tiene que ver que es rumana y eso de chupar sangre? ¿Vos
te pensàs que es la ùnica pendeja que me puede
llegar a dar bola?
- Y...
- Salì, yo te llevarìa a la fàbrica para
que vieras còmo me marcan algunas.
- ¿Algunas qué, Héctor? Engrupite vos pero
no me engrupas a mì. No me digas que se te cuelgan pidiéndote
por favor asì como ésta.
- No te creas, eh... Es el verso, la labia.
- ¿Qué decìs? Largà el vodka, si
en la mesa no embocaste palabra.
- Vos no entendés, es que existe otro tipo de comunicaciòn
propio de almas sensibles. Yo ando dolorido por este quilombo
con mi jermu y eso se me emana y la mina lo recibe desde su mambo
que, salvando las distancias de edad y geografìa, alguna
similitud ha de tener.
Divisan, envueltas en la bruma, las lucecitas del otro lado
del rio azul como el vals pero marròn oscuro cual la otra
cosa. Un silencio melancòlico transita en comuniòn
las almas de los compañeros de toda la vida.
- ¿Te parece que està conmigo?
- Ponéle la firma. Te fuiste al mazo, hermano. Zurpete,
Zurdo al cuete...
(a seguir)
© Alejandro Agresti
La sonrisa no basta - 1997
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