La lucha fue cruel y fue mucha,
y poco es lo que quedó de todo aquello: acaso, la memoria
de un programa de televisión destinado casi exclusivamente
al público infantil, de cotillón y modesta
escenografía,
en la que medían fuerzas personajes de orígenes
exóticos o históricos y nombres tales como
Gengis Khan, Mr. Moto, las Momias (la blanca, la negra),
el Androide
(o “el muñeco maldito”), El Hombre Vegetal,
La Hormiga, El Ejecutivo, con resultados perfectamente previsibles
sobre coreografías perfectamente ensayadas. La teatralidad
payasesca de un árbitro que –todos lo sabían– siempre
favorecía al villano de turno. Al menos para la última
generación que pudo verlo por televisión, todo
el asunto puede tener, en ese recuerdo un tanto difuso, mucho
de decadencia, de último estertor: una troupe de hombres
grandotes, algunos al borde del retiro, ganándose
la vida mediante un remedo de lo que alguna vez fue un espectáculo
glorioso y multitudinario. Hubo una historia anterior.
La
lucha fue cruel y fue mucha arriba y abajo del ring, y de
eso trata El Gran Gattoni (Editorial Sudamericana), el
libro
en el que el ex rugbier, cineasta y contador público
Claudio Peroni reconstruye la “leyenda de un campeón
de la lucha libre”; la vida de un luchador argentino
prácticamente
desconocido en su país que alcanzó fama y fortuna
en una segunda vida iniciada en los Estados Unidos; el enigma
de un abuelo al que jamás conoció, pero cuyo
fantasma lo persiguió desde chico. Son dos historias,
en rigor: una de nacimiento (de un titán), ascenso
(la época
de oro del catch) y final (la discutida transformación
de un disciplina deportiva en puro espectáculo); y
la otra, la obsesiva búsqueda de Peroni, empujado
por su familia a develar un misterio arrastrado por décadas,
desde que Gattone, instalado desde mediados de los ‘50
en EE.UU. dejó de escribirles para siempre a su esposa
y a sus hijos, desapareciendo casi sin dejar rastros.
Las
multiples vidas de Gattone
La historia de cómo José Ricardo Gattone se
convirtió en
Leone –no es chiste: es así, de verdad– contada
por su nieto empieza muy atrás en el tiempo. Es el
relato de la temprana orfandad de su abuela, y también
el relato de los Gattone (con e final) inmigrantes, de su
llegada a América.
De la infancia de José Ricardo, Peroni destaca el
hecho más determinante sufrido por el hogar de los
Gattone: la muerte de uno de los hijos en el patio del colegio,
debida
a un cascotazo que, aunque no estaba dirigido a él,
le dio de lleno en la cabeza. Una tragedia que, dice Peroni, “templó y
recluyó más en sí mismo” a su
abuelo. Su aparente fragilidad emocional, entonces, decidió a
sus padres a mandarlo a una escuela palermitana, “una
congregación
religiosa famosa por su disciplina y rectitud moral” cercana
a la casa ubicada en lo que hoy es Plaza Italia, y en cuyo
gimnasio José Ricardo tuvo su primer contacto con
la lucha libre. En las clases del “padre Luis”,
lecciones dignas del maestro de Kwai Chang Caine, el joven
Gattone aprendió que “la
victoria y la derrota son dos circunstancias: la lucha libre
no busca una ni provoca la otra”; que “un luchador
busca superar la ambigüedad cotidiana: su misión
es desnudar la naturaleza; recrear el origen primitivo del
hombre, y enaltecerlo aportándole el ejercicio de
virtudes como la justicia y el valor”. Su obsesión,
su destreza y su tamaño no le ganaron a Gattone muchos
amigos durante su adolescencia, pero sí protegidos
y admiradores: parece que el tipo era capaz, por ejemplo,
de levantar un Ford T a diez
centímetros del suelo. Pero la anécdota, el
momento exacto en el que Peroni hace nacer al luchador, su
primer gran
acto justiciero en plena aplicación de las enseñanzas
del sensei Luis, es otro: cuando Gattone encontró al
cura-tutor de la escuela en el baño arrodillado frente
a la bragueta de uno de sus alumnos. Un encontronazo violento
que le valió al
futuro luchador su expulsión del colegio.
La primera
gran hazaña deportiva fue en rigor una
derrota que tuvo lugar en el verano del ‘34 y consecuencias
significativas y perdurables: Gattone se sumó intempestivamente
a un grupo de ciclistas italianos en una carrera internacional
Congreso-Mar
del Plata, con un entrenamiento de tan solo dos meses y una
bicicleta un poco baqueteada, desalentado y burlado por los “profesionales”.
Quedó por el camino, pero obtuvo toda una lección
involuntaria de marketing que lo acompañaría
toda su carrera, de parte de aquellos tanos bravucones a
los que decidió que
debía empezar a parecerse. Empezando por el nombre,
y es ahí que nace Gattoni, con i.
Tiempo después, ya sumergido en el universo de la
lucha libre, pero con una esposa e hijos que mantener, Ricardo
Gattoni
abandonó, para horror de su padre, su trabajo en Grafa,
en medio de un conflicto sindical, y montó junto a
un único
socio una empresa dedicada a uno de los negocios del futuro:
la fabricación de tapas de gas. Era la Argentina-potencia
en la que acababa de ser derrocado el presidente Castillo,
y Gattoni entraba de lleno en la modernidad, con máquinas
importadas de Estados Unidos, el país hacia el cual
miraría
de ahí en más. A pesar de que la apuesta funcionó,
la lucha libre terminaría por engullirse al empresario.
A mediados de los ‘40 el Luna Park ya era la gran
sede de los campeones locales y extranjeros, y Gattoni se
empecinó en
integrar su troupe. Conoció a personajes legendarios
tales como El Hombre Montaña, El Conde Nowina y uno
de los mayores referentes del catch de entonces: Antonio
Rocca. No dejaba que
su esposa Victoria fuera a verlo pelear al Luna porque “no
era lugar para mujeres”, pero le llevó a la
casa a cuanto luchador o aspirante a luchador, bohemio y “tirado”,
se cruzaba a la salida del club. Los llamaba “los vagamundos” y
los hospedaba en su hogar por días y hasta por semanas.
Y entonces comienza el episodio titulado el “Anticristo
armenio”: Peroni le atribuye a Martín Karadagian
haber sido uno de los principales responsables de forzar
el presunto exilio de su abuelo. El enfrentamiento con “El
Cortito” era
un match entre dos formas de concebir la lucha libre, en
el que Peroni idealiza a su abuelo y al armenio sólo
le concede el haber sido muy perseverante, pero lo deja,
moralmente, contra
las cuerdas: “para el Barón Gattoni”,
escribe, “la
lucha era disciplina, arte, historia, sobriedad y filosofía;
para Karadagian lo importante era el espectáculo”.
Karadagian armó su propia troupe desarmando la tradición
de las troupes de gladiadores extranjeros y reemplazándolos
por los más fornidos del barrio, disfrazándolos
de bravos guerreros de tierras y tiempos lejanos. Fue en
el 1947 cuando Gattoni y Karadagian terminaron de transformarse
en archienemigos.
Gattoni, escribe su nieto, debió rendirse ante la
evidencia de que había triunfado una visión
del catch que “privilegiaba
el carisma, la popularidad y las influencias” sobre “la
destreza de un luchador arriba del ring”; una “telaraña
de negocios y alianzas” que imposibilitaban “la
limpia obtención del campeonato del mundo gracias
a los méritos
en combate”. Fue una especie de sucia maniobra del
tipo de las mafias gremiales, según lo describe Peroni:
Karadagian chantajeó a Gattoni, obligándolo
a optar entre el cómodo segundo lugar que él
estaba dispuesto a cederle, o irse; pronto, le advirtió el
armenio, ya no tendría contrincantes. Gattoni se dejó humillar
un tiempo, adoptó el nombre de Michelle Leone con
el que lo habría bautizado el futuro líder
de los Titanes en el Ring y eventualmente se retiró del
Luna. Esto, y el fracaso de unos encuentros con Perón,
que no gozaba de su simpatía, pero con el que estaba
dispuesto a hacer una suerte de “canje promocional” si
le financiaba un viaje panamericano (llevando en su jeep
las imágenes
de Juan Domingo y Evita), fueron determinantes en su partida
definitiva en 1953.
Gattoni tuvo muchas mujeres en sus viajes, pero dos protagonizaron
historias particularmente significativas. A partir de sus
presentaciones en Brasil, tuvo un affaire con una quinceañera
llamada Lucía Campos, una suerte de “groupie”,
amante y eventualmente la madre de su primer hijo extramatrimonial
que
vivió convencida de que aquello de “Barón”,
como Gattoni se presentaba en el cuadrilátero, era
un verdadero título nobiliario. La otra historia es
la de Evelyn, la mujer norteamericana con la que formó su
segunda familia, vivió –entre viajes– la
segunda mitad de su vida, en Buffalo, Nueva York, y tuvo
dos hijos, a uno de
los cuales bautizó Ricky, igual que uno de sus hijos
con Victoria. Su familia argentina ignoró por años
esta parte de la historia, contando únicamente con
esas cartas en las que Gattoni decía extrañarlos
y no dejaba de prometerles que, en cuanto estuviera a su
alcance,
se los llevaría a todos a vivir con él al país
del Cadillac.
La historia norteamericana de Gattoni es la de su verdadera
consagración como campeón de lucha libre. Acá entra
en escena la figura no del todo transparente del promotor
Pedro Martínez, que fue quien le enseñó las
diferencias básicas entre el wrestling yanqui y la
lucha libre rioplatense, y junto a quien hizo (hicieron)
fortuna. Buena parte de la cual
se perdió en el incendio de su casa, un episodio que
marcó un
quiebre en su carrera, en la primera mitad de los ‘60,
alejándolo de la lucha por dos años. Peroni
hace énfasis
en otra gran anécdota de particular carga simbólica
para esta época: cuando Gattoni destrozó a
fierrazos el Cadillac –uno de los varios que llegó a
tener– que
lo dejó parado camino a Detroit, a donde se dirigía
para volver al ring.
8 Hacia el final de su vida, Gattoni había peleado en
Sudamérica, EE.UU., Canadá, Australia, y hasta
en el lejano Oriente. Japón es todo un capítulo
en sí mismo: invitado primero como gladiador occidental
en los ‘60, volvería en el ‘75 para convertirse
en todo un sumotori: un enorme luchador de sumo, perfecto conocedor
del protocolo y la filosofía de este tipo de lucha, seguidor
de su bestial dieta y admirador del mito de los orígenes
ancestrales de la isla. Allí realizó más
de treinta combates, para luego regresar a su hogar norteamericano
hecho un lechón.
Durante los casi cuarenta años en los que la familia
argentina de Gattoni no supo nada de él, llegaron
rumores de un accidente de avión entre Sydney y Hawaii,
de un shock amnésico, de un regreso secreto a Mar
del Plata, como promotor, a mediados de los ‘70. Todas
hipótesis
que se resistían a la idea más sencilla y mucho
más dura del abandono. Pero Gattoni vivió hasta
1982 (casi un lustro después de la muerte de Evelyn),
año en que se lo llevó lo que Peroni llama “la
muerte natural de los luchadores de catch”: el infarto
de un corazón sobreexigido. Ocurrió un par
de horas antes de un encuentro programado para un torneo
en homenaje a
su trayectoria. Tenía algo más de sesenta años;
sus hijos llegaron a verlo en el hospital de Buffalo en el
que fue internado, pero cuando murió estaba solo.
Así lo
cuenta Peroni, como un episodio cargado de predestinación,
como si la historia no hubiera podido terminar de otra manera.
Ultimo
round
Tras la publicación del libro, Peroni fue contactado por
algunos parientes cuya existencia ignoraba por completo, y que
al parecer conocen buena parte de la historia de su abuelo; sus
testimonios seguramente hubieran abreviado la investigación,
que recién pudo avanzar velozmente a partir de una providencial
búsqueda en Internet, en el ‘99. Mientras que para
Peroni develar el final de la historia de su abuelo fue verdaderamente
un alivio, para su madre y sus tíos significó la
confirmación de sus peores temores, el fin de la leyenda
y de la incertidumbre, y su paso hacia una certeza acongojante.
Al día de hoy, dice Peroni, su madre Lili, la hija del
Barón, no consigue pasar de la primera página de
la biografía finalmente completa de su padre.
© Mariano Kairuz
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