En este laburo, es importante impresionar
de salida. Dar seguridad, regalar intuición. El flaco
de bigotes tenía semejante olor a animal que no bien entró a
la oficina intenté una de Sherlock Holmes:
–No me diga nada: trabaja en el Zoológico.
Sonrió, casi condescendiente:
–No, Robledo, pero le dio en el barrote: soy domador y tengo un circo.
Aunque no sé por cuánto tiempo.
–¿Le crecieron los enanos?
No le hizo gracia.
–Es lo único que me falta. ¿Me puede ayudar?
–Cuentemé.
Y ahí nomás, tras hacer crujir el sillón de los clientes
por primera vez en quince días, El Gran Whipper me explicó su drama.
Todo había comenzado cuando la contorsionista que era su gran atracción
se hizo estrella porno, donde ganaba y se entretenía cuatro veces más;
después tuvo que vender a Felipe, el elefante ventrílocuo, porque
en Capital ya no se podía trabajar con animales. Finalmente –y eso
era lo que más le jodía– un viejo amigo, el equilibrista
Mister Eagle, hacía un par de meses le había hecho sorpresivo e
inaceptable juicio tras una caída, y lo demandaba por millones.
–¿No era su amigo?
–Según dijo alguna vez Salvatore Giuliano, sólo traicionan
los amigos –me explicó tristemente el domador mientras pelaba
un grueso sobre.
Era buena lógica siciliana, y le di la derecha:
–¿Qué tiene ahí?
–La demanda. Le leo.
En el escrito leguleyo, un resentido Mister Eagle argumentaba que la bronquitis
crónica que lo aquejaba y había provocado su desequilibrio durante
la helada función del 24 de julio era resultado directo del poderoso chiflete
(sic) proveniente de las múltiples roturas de la carpa que su “consuetudinaria
desidia” no había atinado a reparar en años.
–A ver si entiendo: se vino abajo desequilibrado por un ataque de tos y
le echa la culpa a usted de su bronquitis por no arreglar la carpa...
–Exactamente.
No dejaba de ser gracioso. Claro que no daba para sonrisas.
La demanda adjuntaba radiografías sin duda impresionantes de doble fractura
expuesta de tibia y peroné en ambas piernas y un certificado de invalidez
por un año.
–No sé qué le pasó a mi amigo: el circo se hizo cargo
de todos los gastos de hospital pero para pagar ahora lo que pretende su abogado
tendría que vender todo, hasta la mesa del mago. Está loco, me
desequilibra las finanzas.
–¿Y qué piensa hacer?
–Por eso vengo. Mi abogado, el doctor Corvacho, me aconseja que yo lo demande
a él por insania, pero no sé qué hacer.
Era el momento de parar la pelota y convenir las condiciones de mi trabajo.
El domador pareció advertirlo:
–No tengo un mango, Robledo –dijo elocuente–. Sólo le
puedo ofrecer un palco por un año, los instrumentos de la banda, la concesión
del pochoclo... A los animales me los embargaron; menos la víbora...
–Paso –dije con elegancia.
Recogí todos los datos, le dije al domador-propietario cirquero que no
hiciera nada por ahora y lo acompañé a la puerta.
Lo que siguió fue casi mágico: no se cruzaron porque mientras
uno iba por la escalera, el otro desembocaba en ascensor.
Al recién llegado lo saqué al toque:
–Usted es Mister Eagle, el famoso equilibrista –dije secretamente
maravillado de mi suerte.
–¿Cómo supo? –y el flaco se empinó orgulloso.
–La mirada tan fija al frente, eso queda... –mentí sin pudor.
–Puede ser.
El averiado Mister Eagle dejó la muleta a un costado y se sentó en
el sillón hasta hace un momento entibiado por El Gran Whipper.
Iba a decir “Justo lo estaba buscando” cuando él habló primero.
–Me envolvieron, Robledo.
Lo dejé hablar, una costumbre saludable. Primero me contó lo que
yo ya sabía; después, la cuestión que me implicaba. El problema
del averiado Mister Eagle era que, convaleciente en el hospital tras la caída,
un abogado experto en demandas por daños y perjuicios lo había
hecho firmar plenos poderes para representarlo. Ahora quería rescatar
eso por temor a que el boga se excediera.
–Entiendo –y le di rápido trámite–. ¿Cómo
se llama el pájaro?
–Doctor García Web.
–Lo cazaremos.
No podía hablar de guita con un lisiado, así que lo dejamos ahí.
No fue laburo. Investigué un par de días y los veloces García
Web y Corvacho –oscuros desequilibradores– resultaron socios solapados
con estudios contiguos. Desarmé juicios y demandas, reconcilié a
las partes y entonces fueron los cirqueros quienes los apretaron literalmente
a ellos: les mandaron a Socotroco, el albino forzudo, y al Hombre Tornado. No
jodieron más.
Quince días después llegaron todos juntos a agradecer e invitar.
–¿Reabre el ringling criollo, ya surcieron la carpa? –los
gasté.
–No, basta de rascada –dijo el domador, agradadísimo–.
Con los muchachos armamos una Escuela de Circo en Palermo Viejo. Todos ad honorem,
por ahora.
Y me presentó a Tubito, el enano cantor; a un mago infantil y al payaso
Farabute, del plantel docente, supongo.
–Yo doy Equilibrio –dijo discretamente Mr Eagle sin toser y levantando
la muleta.
Nadie hablaba de guita.
–El espectáculo debe continuar –dije.
Me anoté en el curso de trapecio bajo y estuvieron bien: me becaron.
Juan Sasturain
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